Por: Fernando Araújo Vélez

Nietzsche

Rompió las tablas. Las suyas y las heredadas e impuestas.

Se sobrepuso al dolor que lo llevó a buscar el clima más benigno para su cuerpo, a migrañas que eran casi una muerte, al desamor jamás confesado de Lou Andreas-Salomé y a un reiterado desprecio de sus contemporáneos. Por todo ello, amó con mayor fuerza la vida. La defendió más allá de los señalamientos, “más allá del bien y del mal”, de que lo tildaran de nihilista, de demente. Rompió las tablas: “Rompedme las tablas de los eternos descontentos”. Rompió los dogmas: “Dios ha muerto”. Rompió. “Yo ya no aspiro a mi felicidad, aspiro a mi obra”, escribió en un papel de paso.

Nietzsche (nació un día como ayer, 169 años atrás), dirían y discutirían sus cientos de críticos y biógrafos con el tiempo, se creía un iluminado, y como iluminado vomitó la primera parte de su Zaratustra en sólo diez días. Él mismo dijo que “esta obra vive en tan azul soledad, tan alejada de todo lo presente, que uno apenas se atreve a relacionar asuntos humanos, demasiado humanos, con ella”. Sus detractores, liderados por Pío Baroja, dudaron siempre de la veracidad de aquella rapidez, y justificaban la supuesta mentira de los diez días en las intenciones de Nietzsche de elevar su libro a una condición de “sagrada escritura”. “La primera parte del Zaratustra nació de un violento sentimiento de felicidad, de un delirio de necesidad y obligación de escribir”, relataría Werner Ross en un aparte de sus 900 páginas tituladas Friedrich Nietzsche. El águila angustiada.

Para entonces, 1885, ya Nietzsche sentía en sus entrañas la fiebre de la locura, como le había escrito a su amigo Peter Gast: “El curioso peligro de este verano se llama para mí —tratando de no evitar la palabra maliciosa— locura ”. En diciembre, ese año, le envió una pequeña nota a otro amigo, Overbeck, en la que simplemente le decía: “El peligro es grande”. Nietzsche le puso el punto final a la cuarta y última parte de Zaratustra el 12 de febrero de 1885. Acababa de cumplir 40 años. “¡Qué extraño destino, cumplir 40 años y seguir arrastrando conmigo como si fueran un secreto todas las cosas esenciales, ya sean teóricas o prácticas!”, decía. “Exijo tanto de mí, que me muestro desagradecido con lo mejor que ya he hecho, y si no voy tan lejos que consiga que milenios enteros hagan sus mejores votos en mi nombre, no habré alcanzado nada ante mis ojos”, escribía.

Luego se lamentaba de que no se habían vendido más de 85 ejemplares de su Zaratustra, y de que no tenía un solo discípulo. Luego afirmaba: “Quiero forzar a los hombres a tomar decisiones determinantes para el futuro entero de la humanidad”. Ese futuro debía ser romper las antiguas tablas. Las tablas de la moral, de la compasión, de las religiones, de los sacerdotes, del amor y el matrimonio, de la muerte. Habría que superar al Hombre y sus pesares, al Hombre y sus obligaciones, y llevarlo a su esencia, la creación.  Nietzsche fue su teoría y el futuro.

 

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