Por: Sorayda Peguero

Nina

Contigo nunca se sabe, Nina

Huyes cada vez que puedes.

Gritas y rompes cosas.

¿Qué vas a hacer con esas ganas de incendiar el mundo?

Cuatro cadáveres. Cuatro madres llorando. Cuatro niñas negras asesinadas en Alabama.

Que oren los demás.

A ti ya no hay plegaria que te salve.

Corres descalza por una playa de Barbados.

Caminas desnuda por un callejón de París.

Te embriagas en el jardín perfumado de un cuerpo joven.

Pareces hecha de musgo y roca.

—¿Me gusto a mí misma? —te preguntas con voz juguetona delante del espejo—. ¿Y por qué me gusto? Soy negra y guapa. ¡Lo soy, lo sé!

No quiero imaginar qué hubiera dicho la señora Waymon si te hubiera visto ahí, maquillada como una estrella de cabaret, con esas pestañas tan largas y ese ajustado vestido de chifón rojo. Hay que reconocer que el público del Midtown no era el más selecto de Atlantic City. Hiciste bien en cambiarte el nombre. Ese antro maloliente no encajaba con las aspiraciones de una madre predicadora. Pero eran 90 dólares semanales, más de lo que podía esperar una principiante de 21 años con dificultades para pagar sus clases en el conservatorio. Solo que tú no eras cualquier principiante, Nina Simone. Tú eras un prodigio que tocaba el piano con los ojos cerrados: volabas.

Durante los 15 minutos de descanso que aprovechabas para tomarte un vaso de leche en la barra del bar —cuando el champán seguía siendo un misterio para ti—, un joven estudiante se acercó para felicitarte por tu versión de I Loves You, Porgy. Dijo que era su canción favorita. También quería preguntarte cómo hacías para tocar sin partituras. Con una servilleta, limpiaste el fino bigote blanco que te dejó el último sorbo de leche.

—Verás, chico. Lo que sale de mis dedos es una combinación de toda la música que llevo dentro de mí: himnos religiosos, piezas clásicas, canciones populares, góspel. Está toda aquí, en mi cabeza. Al principio sólo me interesaba la música clásica, pero si no la combinaba con música popular, ¿sabes qué iba a pasar? Ese hombre bajito que está en la esquina de la barra, el que lleva un puro en la boca, es el dueño, me pondría de patitas en la calle. Yo no sabía que podía hacer algo así, hasta que lo hice, y descubrí la alegría de crear mi propia música.

Una noche dejaste de tocar en mitad de una pieza. Te giraste en el taburete y entornaste los ojos como tratando de divisar a alguien para fulminarlo con una mirada letal. Un borracho irlandés había empezado un monólogo que hizo que perdieras la concentración.

—Si el público me falta el respeto a mí, está insultando la música que toco. En ese caso, no pienso seguir tocando. Ustedes eligieron venir a verme, si no les gusta mi música, no están obligados a seguir aquí.

El borracho parecía dispuesto a seguir dándole cuerda a su monólogo. Hasta que un chico fue directo a su mesa, primero con calma, después, viendo que el hombre ponía resistencia a irse con su discurso a otro lado, recurrió a formas menos amables. Lo agarró por un brazo y lo sacó del local como si fuera un saco de mazorcas. El bar estaba en penumbra, pero reconociste la cara del chico.

Retomaste tu posición ante el piano: espalda recta, los dedos sobre las teclas, hombros relajados, la misma postura elegante que te enseñó la señorita Mazzy en tus primeras lecciones. No recuerdo que derrocharas gestos de simpatía en el Midtown. Pero esa noche dijiste que le dedicabas la siguiente canción, I Loves You, Porgy, a un joven amigo. Y, como siempre, cerraste los ojos.

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