Niña negra flacuchenta

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El título de esta columna equivale a “skinny Black girl”, palabras que la joven poeta Amanda Gorman recitó durante la posesión del presidente Joe Biden. Agregó que descendía de gente esclavizada, que su madre soltera la había levantado y que podía soñar con ser presidente, luego de haber declamado ante uno de ellos.

Viéndola por la televisión, pensé en Cora, la heroína de la novela “El ferrocarril subterráneo” del laureado autor Colson Whitehead. También era menudita, y siendo casi una bebé, su madre la había abandonado no fuera a ser que cuidarla pusiera en riesgo su huida de las desdichas que había padecido en Randall, una plantación algodonera de Georgia. Víctima de múltiples insultos, violaciones, flagelaciones y golpizas, entrando en la adolescencia, Cora se volvió tan silenciosa que sus amos la recluyeron en Hob, un campo de concentración para mujeres desquiciadas dentro de la misma plantación. A ella y a sus compañeros de infortunio los obligaron a ver cómo ponían a Big Anthony en el cepo, luego de que un tal Ketchum hubiera frustrado su escape, cazándolo. Castrado, y con los testículos en la boca para que no gritara, lo pasaron a una pira que encendieron para solaz de los vecinos blancos invitados al espectáculo. Semejante espanto fue definitivo para que Cora aceptara fugarse con su amigo Caesar, y atravesara los pantanos hasta llegar a un sótano que les servía de estación a una locomotora y un vagón destartalados, gracias a los cuales llegaron hasta Carolina del sur. Para ese relato, Whitehead se toma una licencia literaria. A lo largo del decenio de 1830, en los Estados Unidos, el llamado ferrocaril subterráneo no consistió realmente en un tren sino en una red de cómplices abolicionistas que ofrecían rutas ocultas y escondites para que cautivos y cautivas huyeran de Florida y Georgia, y llegaran a los estados del norte y Canadá. Entre estos solidarios sobresalió Harriet Tubman, hoy reverenciada como precursora de la lucha por los derechos civiles.

En Carolina del sur, luego de asumir nuevas identidades, los dos jóvenes fueron bien recibidos. Una vez empleados, asistieron a la escuela y a los almacenes de ropa para gente negra. No obstante, el precio era horrendo: servir de conejillos de indias de esterilizaciones que habían ideado médicos llegados desde Massachusetts para controlar la demografía, y reducir las posibilidades de alzamiento, sin arriesgar los flujos de personas aprisionadas en África y transportadas en campos de concentración flotantes.

En Colombia tendemos a aceptar que el mestizaje nos ha librado de tragedias comparables. Empero, si uno lee a la historiadora María Cristina Navarrete, aprende que en el siglo XVII en Cartagena también hubo insurrectos negros quemados, y que a lo largo del siguiente siglo en los Montes de María los españoles disuadían la insumisión decapitando rebeles, y exhibiendo sus cabezas engastadas en pértigas a la orilla de los caminos hacia el puerto. Incluso en la visita que en junio de 2007 hicimos a la hacienda La Bolsa en el norte del Cauca, nos mostraron una pared que dejaba ver la sangre de quienes habían sido flagelados, pese a la cal que llevaban años echándole.

¿Y qué de hoy en día? Fuera de Buenaventura y Quibdó, ¿Hay casas de pique en ciudades o pueblos con mayoría de población blanca o mestiza? Mientras que en Minnesota la policía estrangulaba a George Floyd, en Puerto Tejada los uniformados le rompían el cráneo a Anderson Arboleda, y ahora las Águilas Negras les prometen a las lideres de El Salado en los Montes de María repetir la masacre que cometieron las AUC en 2000, si no abandonaban el territorio que ellas han ido reconstruyendo.

No cabe duda de que aquí, como en Estados Unidos, el racismo sigue siendo defecto mortal. De ahí la importancia no solo del mensaje de Amanda Gorman, sino de los que ha emitido el presidente Biden al incluir en la oficina oval los bustos del doctor Martin Luther King, y de Rosa Parks, la mujer que en diciembre de 1955 rehusó levantarse del asiento que los buses de entonces reservaban solo para gente blanca[2]. Leves esperanzas para la futura igualdad racial de jóvenes africano-americanas, y de las mujeres negras del resto d el continente y el Caribe.

* Profesor, Programa de Antropología, Universidad Externado de Colombia.

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