Por: Columnista invitado

Niño nuclear

"Buenas noches Bogotá, somos Niño Nuclear y los Mutantes de Saturno, venimos desde Venezuela y estamos contentos de estar aquí".

Cuando decía estas palabras no recordaba si habían sido 20, 30 o 40 horas en bus; tampoco sabía muy bien si el dinero ahorrado para llegar desde el estado de Táchira hasta Bogotá alcanzaría para desayunar a la mañana siguiente. Obi1, el guitarrista de la banda, hablaba ante “Bogotá”, que en ese momento se reducía a un público de 20 personas sentado en un bar de la calle 82.

Les prometieron conciertos, fiestas, consumo. “Una luz en el horizonte que me guía, una ciudad a mi derecha me despista”, cantaba Niño Nuclear frente a 15 personas. Indiferente ante aquellos que descendían por las escaleras del bar para salir a la calle, consciente de que la escena del rock no es un estadio lleno de reflectores y personas, el Niño continuó tocando.

“Qué banda tan linda, hace mucho no escuchaba algo puro”, decía uno de los espectadores, que por suerte había terminado en ese bar con una cerveza en mano. No tocaron un solo cover ni hablaron entre canciones para acercarse al público. Su estilo se parecía al de Sonic Youth en el video de Superstar; no intentaron impresionar a las demás bandas que los observaban. Algo cansados, dejaban que el rock instrumental (o postrock, como dicen algunos), fluyera instintivamente.

Estaban agotados porque fueron largos días de viaje, porque no hubo “grandes conciertos” y la plata no alcanzó. Decía el cantante: “Ahorré dos salarios mínimos en Venezuela y acá solamente me dieron $300.000”. Cuando llegaron, en la noche del domingo, preguntaron por un lugar barato para pasar la noche: “El taxista nos llevó a un barrio, el Santa Fe, lleno de drogadictos, malandros y transformers”.

Mientras los guitarristas conectaban los pedales análogos a una toma de corriente, admitieron que llevaban tres días comiendo arroz con atún. Admitieron, también, que ante la dificultad de encontrar escenarios en la ciudad han salido a las calles con una guitarra, un cuatro, dos maracas y un cazú: “El primer día tocamos en la Plaza Santander y pusimos a la venta nuestros discos. Nos han regalado caramelos y pulseras”, decía satisfecho el General Non, baterista de la banda.

Ya tocaron en la calle, el jueves en un bar, y hoy, en otro de Chapinero. No les importará si solamente los escuchan tres o cuatro personas, y si, por sus discos, sólo les dan caramelos y pulseras.

 

 

 

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