Por: Mario Fernando Prado

No al crédito bancario

"¿SI EN ESTE MOMENTO LE OFRECEN un crédito bancario, estaría dispuesto a tomarlo?". A esta pregunta, que obtuvo 1.031 respuestas en un sondeo realizado por el periódico El País de Cali el pasado 21 de junio, el 90% de los entrevistados —927— respondió con un categórico No y tan sólo un 10% —104— contestó que sí.

Tan rotunda negativa debe preocupar al estamento financiero del país que, no obstante sus billonarias ganancias en el primer semestre de este año, se va a quedar con el pecado y sin el género.

Y es que para ningún colombiano es un secreto que la voracidad del sector bancario, que en una época esquilmó a cuentahabientes, ahorradores y deudores de todas las condiciones, ha generado, a más de desconfianza, un rechazo tal que he ahí los resultados.

Ya pocos colombianos quieren endeudarse, término que para muchos es sinónimo de usura y de avivatez que a la postre termina con quintuplicar las deudas o, lo peor, con la pérdida de las garantías hipotecarias que deben respaldar tales acreencias.

Y no es exagerado: cualquier compatriota tiene su cuento macabro de cómo perdió hasta la camisa por culpa de los intereses y las sanciones y ello quedó esculpido de manera indeleble en sus sentimientos y en su bolsillo.

Ahora, por más melosas campañas de ternura que se hagan para disfrazar de oveja al lobo, los connacionales no creen, así les hablen de intereses a huevo. Las experiencias anteriores les indican que las bolas de nieve siguen existiendo y que el crecimiento geométrico de las obligaciones cuyo cumplimiento se atrasa, conduce indefectiblemente a la ruina.

Bueno tener un sistema bancario sólido y respetable pero malo que no se crea en sus bondades y que el fantasma abusador y chupasangre prime por encima de incluso las buenas intenciones de los frustrados acreedores.

¿Y qué hay que hacer? Menos avisotes y canciones con niños y corazoncitos y más demostraciones de que los viejos tiempos de los vampiros parapetados como salvadores y de socios de los negocios —como solían autodenominarse— quedaron atrás. Ojalá lo logren.

 

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