Por: Juan Carlos Botero

No al voto obligatorio

EN EL PROYECTO DE REFORMA POLÍtica que se presentará ante la Comisión de Notables, se piensa incluir el voto obligatorio por razones que conocemos de sobra: una gran franja de la población no vota en las elecciones, y esa apatía fomenta el clientelismo, permite la infiltración de grupos criminales en el proceso electoral y debilita la democracia.

Al final, unos pocos deciden por todos, la voluntad popular no se traduce con exactitud en sus representantes, y a menudo los resultados políticos carecen de legitimidad.

Ante esto, alguien siempre propone el voto obligatorio. Si la gente tiene que votar, se dice, la indiferencia política se reducirá, el clientelismo perderá sentido y la democracia saldrá fortalecida, ya que los elegidos representarán a todo el pueblo. Pero entre no hacer nada y el voto obligatorio, hay otra opción más compleja aunque más fecunda: erradicar las causas de la apatía.

¿Cuáles son estas causas? Se pueden resumir bajo una sola: una larga historia de desengaños populares. En primer lugar, el Frente Nacional, diseñado por un período de doce años para terminar una guerra civil, se estiró durante treinta y erosionó el sentido de las elecciones: los electores votaban, pero no escogían, pues ganaran o perdieran en las urnas, los partidos volvían al gobierno. De otro lado, la clase política, más interesada en el poder que en servirle al pueblo, aumentó la desconfianza. Por último, la falta de educación, la pobreza y la violencia multiplicaron la apatía electoral.

No obstante, forzar a la gente a votar podrá erradicar la apariencia de la apatía política, pero no su realidad, y ése es, o debería ser, el objetivo final. Además, por principio democrático, el voto obligatorio constituye un atropello a la opción libre. Y no sólo eso. Para fortalecer la democracia se necesita una imagen exacta de la misma, pues sólo así se podrán corregir sus deficiencias.

Entonces otros argumentan: si la gente está descontenta, podrá votar en blanco. Pero este es otro error. Quien vota en blanco es un inconforme, no un apático, y no es lo mismo. El voto en blanco indica insatisfacción con los candidatos disponibles, pero a su vez refleja confianza en las elecciones (tienen sentido, aunque sólo sea para expresar, por medios pacíficos, el descontento). La abstención también refleja insatisfacción, pero no sólo con los candidatos, sino con el proceso electoral. Así, el voto obligatorio falsea el rostro político del país, y mientras persistan las causas de la apatía, se requerirán mecanismos para detectarla. De lo contrario, el problema será maquillado, pero no corregido.

Hay dos maneras de combatir la apatía política: una es llevar a la gente a las urnas a regañadientes. Otra, buscaría rescatar el sentido del voto. ¿Cómo? Creando otros espacios de participación efectiva, atacando la corrupción y los abusos parlamentarios, reintegrando las zonas marginadas a los centros de producción, fomentando aún más la descentralización, e integrando la comunidad en el proceso decisorio. Esta solución es más difícil, pero crearía una participación política más genuina. Y de eso se trata.

Hace años sucedió algo parecido en la universidad: un profesor, cansado de que los estudiantes no tomaran en serio su materia, bajó el promedio a la fuerza y anunció que el cincuenta por ciento la iba a perder. Así, él decía, crecería el interés estudiantil. Otra manera habría sido que el maestro hiciera sus clases más interesantes. Al final, los estudiantes no sólo quedaron detestando al profesor, sino que terminaron detestando la materia. Y eso fue mucho peor.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Juan Carlos Botero

El peor defecto del uribismo

El triunfo de la amnesia

El dilema de Iván Duque

El triunfo de las mentiras

El día de nuestro idioma