Por: Augusto Trujillo Muñoz

No basta ser joven

Hace algún tiempo escribí una columna titulada “más liberalismo que partido” pensando en que la primera fuerza política del país caía prisionera de la mecánica electoral.

El siglo xx fue el siglo del liberalismo colombiano. La generación del Centenario hizo del partido una fuerza moderna, Los Nuevos proyectaron sobre él toda una gama de matices de matices de izquierda. La generación del medio siglo proyectó su mensaje, a pesar de la mordaza de las dictaduras civiles y militares del momento. El liberalismo se consolidó como un partido que se parecía al país heterogéneo, crítico, plural.

No sé en qué momento Gabo dijo que sentía nostalgia del país de antes: del país López y de Santos. Del de Echandía, los dos Lleras y Gaitán. Del de la resistencia civil e incluso del Frente Nacional que, más allá de sus desaciertos y de sus contradicciones, fue capaz de detener una violencia fratricida y construir una cultura de la tolerancia. Cuando el sistema se cerraba sobre sí mismo López, con su equipo del MRL, y Galán con el Nuevo Liberalismo preservaron al partido como una opción política.

Aquella cultura de la tolerancia desapareció y también las preocupaciones por los temas superiores. En general la actividad pública –en los partidos, en el congreso, en la provincia- rompió su sintonía con la vida cotidiana de los ciudadanos. El liberalismo cayó prisionero del clientelismo, la operación avispa, el inmediatismo, que privilegiaron la mecánica sobre la doctrina y la coyuntura sobre la historia.

El partido se mantuvo como la primera fuerza electoral pero dejó de ser la primera fuerza política. Incluso luego dejo de ser la primera fuerza electoral. Me temo que los liberales de hoy sienten la misma nostalgia de Gabo. No dudo en pensar que fue mejor el liberalismo de Virgilio Barco, de Agudelo Villa, de Palacio Rudas; el de los liberales que formaron parta de la Constituyente del 91, como el propio Palacio, Horacio Serpa, Jaime Castro, que el que vino después.

Hoy, el liberalismo está en condiciones de avanzar hacia la recuperación del tiempo perdido. Por eso debe pensar en que sus hombres insignia son los que han hecho la historia, debatido sus tesis, construido instituciones. No basta ser joven. Tampoco sirve como referencia de renovación, el protagonismo –más mediático que político- ejercido precisamente durante los años en que el partido pierde protagonismo y debilita su dinámica. Es preciso tener credenciales alcanzadas en el debate intelectual y político.

Horacio Serpa es un hombre curtido en el debate de las ideas y del ejercicio político. Tiene, sin embargo, mucho que ofrecerle aún al liberalismo. Su paso por el Congreso y por la Asamblea Constituyente le dan títulos suficientes para convertirse en insignia del partido, en estos momentos en que es necesario recuperar el prestigio del Congreso. Le disputan la cabeza de lista algunos más jóvenes, menos listos, más conservadores, menos expertos. La experiencia de Serpa es su gran fortaleza.

*Ex senador y profesor universitario, @inefable1

 

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