Por: Saúl Franco

No cerremos los ojos, por favor

Uno puede cerrar los ojos o mirar para otro lado ante los síntomas de la enfermedad que avanza en el propio cuerpo, o en el cuerpo social. Pero se pagan caro el desinterés y la desidia personales o sociales.

La agudización de los síntomas de tres de los múltiples males que aquejan hoy a la sociedad colombiana: la corrupción, las amenazas y el asesinato de líderes sociales y defensores de derechos humanos, y la violencia sexual en la guerra y en distintos escenarios de la vida en sociedad nos están demandando no sólo abrir los ojos y mirarlos de frente, sino también abordarlos con decisión y cuanto antes.

Las amenazas y el asesinato de líderes sociales no es cosa del pasado, 30 o 50 años atrás. Es cosa de hoy. Registros recientes informan de 484 víctimas de violaciones de derechos humanos en el país entre enero y junio de este año. De ellas, 194 recibieron amenazas y 133 fueron asesinadas. En el 70 % de los casos de amenaza de muerte se desconocen los autores. Además: sólo en cuatro meses —entre abril y agosto de este año— fueron asesinados 11 familiares y 12 exintegrantes de las Farc, 40 % de ellos a manos de paramilitares y 57 % de autoría todavía desconocida.

La violencia sexual, en especial contra las mujeres, pero también contra los hombres, es en sí misma una patología social y síntoma de males mayores. Una encuesta sobre violencia sexual relacionada con el conflicto armado encontró hace poco que, sólo entre 2010 y 2015, un total de 875.437 mujeres fueron víctimas de algún tipo de esta violencia, convirtiéndola así en arma de guerra frecuente y silenciada. Sus formas van desde el acoso —el más frecuente, 45 %—  hasta la violación, en el 17 % de los casos. Las víctimas más frecuentes fueron mujeres pobres, afrodescendientes, entre 15 y 24 años. Y, otra vez, el miedo y la impunidad son la norma: el 78 % de quienes se reconocieron sus víctimas no denunció los hechos.

Recientemente un estudio pionero y ejemplar, realizado por la oficina de Bienestar Universitario de la Universidad Nacional, puso de presente otra cara preocupante de la violencia sexual en el país: la que acontece en el propio ámbito universitario, a la sombra del machismo, las amenazas y el poder. De 1.602 estudiantes encuestadas, el 54 % dijo haber sido víctima de alguna forma de violencia sexual en la universidad o en actividades relacionadas con la vida universitaria. 105 reconocieron haber sido violadas. Y, una vez más, sólo 54 de las víctimas —el 6 %— presentaron alguna denuncia. Está por saberse la realidad de esta violencia en otras universidades públicas y privadas. Pero hay bases para pensar que la situación no es mejor.

Y de corrupción, ni hablar. Baste observar hasta dónde han llegado los tentáculos de la red institucional y multimillonaria de sobornos de la empresa brasilera Odebrecht en el país y en la región. O la detención por corrupción comprobada justo del jefe anticorrupción de la Fiscalía, Luis Gustavo Moreno. O la escandalosa y decepcionante sindicación de dos expresidentes de la Corte Suprema de Justicia por amañar fallos a cambio de dinero.

Claro está que ni el Vaticano escapa a esta epidemia de corrupción. A más de los escándalos de pederastia y de turbios manejos en su propio banco, hasta su Hospital Infantil —sigo sin entender la existencia de un hospital infantil en un Estado de adultos célibes— fue defraudado en más de 400.000 euros, que fueron destinados a la remodelación del apartamento privado del poderoso y expapable cardenal Tarcisio Bertone, destituido de su cargo por el papa Francisco.

Podemos cerrar los ojos a todo esto y seguir viendo sólo deportes y telenovelas de mafias y amoríos. Pero más nos vale enfocarnos en los males que nos están asediando, en responder colectiva y eficazmente, y en poner cada uno su grano de arena para tratar de cortarlos de raíz.    

* Médico social.

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