Por: Aura Lucía Mera

No entiendo nada

NO PIENSO SALIR EN ESTA SEMANA Santa. El invierno. Las carreteras hechas miseria. Las peloteras en aeropuertos y terminales. La crisis en el bolsillo. Pero miento. Sí me hubiera gustado salir.

Lo que pasa es que dedicaré estos días santos, entre comillas, a la reflexión de una sobre cantidad de cosas que no llego a entender. O por lo menos hasta hace poco tiempo creí que eran diferentes. Me explico.

En épocas pasadas, hasta hace muy poco, el cohecho se hacía entre mínimo dos personas. Actualmente es un acto onanista, como aquellos que sabemos y que según la Iglesia son perversiones de la carne. Actualmente se condenan los que reciben. Pero jamás se sabe ni se sabrá si existieron los oferentes. Es una mano que se extiende, pero nadie la estrecha. Se recibe algo que nunca se ofreció. Manos fantasmas dadivosas. Manos pecaminosas receptoras. Tengo que aprender.

Altos heliotropos de la política sostienen que no están de acuerdo con masacrar la Constitución para abrir el campo a un reelección dictatorial disfrazada de democracia, pero al mismo tiempo afirman que votarán por ella. Otro misterio. Este sí, doloroso para un país que ya tiene a su cuesta demasiados. Tengo que aprender.

Salen en libertad, a volar de nuevo por veredas, caseríos, feudos y ciudades muchos que fueron encarcelados por participar con la parapolítica. Quedan detrás de los barrotes los que roban por comerse un pan. Existen investigaciones que se silencian y quedan sepultadas debajo del polvo del olvido. El tiempo transcurre, pero jamás transcurre. Pasan las cosas más atroces sin que nunca pase nada. Tengo que aprender.

Miles de desplazados siguen más desplazados que nunca. Ya no tienen tierra, ni trabajo, no identidad, ni derecho a la verdad. Son carne de segunda. No interesan. Se convirtieron en estadísticas y cifras. Molestan. Hay que olvidar que existen. Otros se desmovilizan, o piden perdón y desean incorporarse a la vida para rehacerla y trabajar, pero nadie les da trabajo. Nadie perdona de corazón. Nadie les tiende la mano. Están condenados al rechazo de esa misma sociedad que les pidió cambiarse de andén. Tengo que aprender.

Salen candidatos a la Presidencia como liebres en cacería tras el zorro. Pero frenan en seco cuando peligra su carrera por el trofeo. Porque el trofeo ya está en otras manos y esas manos no lo quieren soltar. Se dejan utilizar como hombres de paja, para no decir idiotas útiles. Pero nadie se quiere quedar sin chanfa. Tengo que aprender.

La gasolina baja en todos los países. El petróleo baja. Pero aquí, no baja. Las decisiones jamás miran las necesidades de una población acorralada entre fuegos cruzados, desempleo, mentiras y hambre. Si han sufrido durante tantos años, pues que aguanten más. Y si no quieren caldo, pues se les dan dos tazas. Tengo que aprender.

Existió un eslogan en el cual el pueblo creyó. “Mano fuerte y corazón blando”. Pero fue que jamás nos explicaron que la mano fuerte era para los que no comulgaban con ruedas de molino. Y el corazón tierno o blando para los incondicionales del régimen. Tengo que aprender.

Le pediré a los filósofos del régimen que me regalen, eso sí con guantes para no infectarme por si acaso, un diccionario o un cuadernillo que me explique algunas de esas cosas que no entiendo. Sí, esta Semana Santa la dedicaré a la reflexión, porque tengo mucho, pero mucho que aprender.

 

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