¡No es el narcotráfico!

Noticias destacadas de Opinión

Desde los 80, resulta más fácil para todos los gobiernos culpar al narcotráfico de prácticamente todo lo malo que sucede en las regiones olvidadas de Colombia, que curiosamente siguen siendo las mismas desde que estudiaba geografía en el colegio.

En este caso específico, me refiero a Buenaventura. He visitado el puerto desde antes de que se iniciaran las guerrillas; desde antes de que existieran Pablo, los Orejuela, Gacha, los Ochoa, Lehder y todas las tribus, caciques y lavaperros del negocio; desde antes de que se conociera la coca como planta maldita. Recuerdo que muchísimos cercos ornamentales de muchos barrios de Cali eran matas de coca, lindas, verdes, inofensivas, ornamentales...

La primera vez que fui al puerto me llevó mi papá, quien se desempeñaba como gerente de las exportaciones de azúcar de Colombia. No quise ir en hidroavión como él lo hizo muchísimas veces, amarizando entre las aguas de esa bahía tan espectacular (creo que mi pánico a los aviones lo tengo desde el útero). Fuimos en carro, horas enteras por “la carretera vieja” llena de curvas, de cascadas, de subidas y bajadas, prácticamente sin pavimentar. Recuerdo mi felicidad saltando entre las lonas de un barco que cubrían los bultos de café, y ese olor sigue impregnado en mis narices. Recuerdo las noches en el hotel Estación, un palacio blanco, imponente. Recuerdo las casitas de palafito y cinc, los niños de mi edad jugando en las calles de barro, con esas sonrisas blancas y esas pieles oscuras y brillantes. Recuerdo ese calor pegajoso, la lluvia continua. Una cosa era el puerto; otra, la ciudad sumergida en la más profunda pobreza, olvido y abandono.

Luego supe que Cali se había convertido en capital solo en 1910. Antes era un cruce de caminos entre Pasto, Popayán y el norte del Valle, una ciudad sin identidad ni raigambre. Capital gracias al puerto de Buenaventura, a su ferrocarril, a la Flota Mercante. Teníamos mar, de pronto llego el pescado a los comedores y vimos aterrorizados un coctel de langostinos, un animalito rosado cubierto de una salsa rosadita y horrorosa. Dimos el salto del sancocho y el tamal a la fauna marina.

Esta situación no ha cambiado. Para el Gobierno nacional Buenaventura no existe y todos los esfuerzos de gobernadores de este departamento han luchado inútilmente contra el abandono del centralismo. Ni siquiera la doble calzada.

Llegaron las guerrillas, los paracos, los narcos y los problemas crecieron, como un cáncer que en su desbocada carrera metastásica ya nada ni nadie contiene. La miseria es la misma. Los tugurios de palafito y cinc, el barro y la basura crecen y crecen. El puerto progresa como república independiente, de espaldas a la realidad de la ciudad. Más técnico, más corrupto. El hotel Estación subsiste como ícono y funciona. La bahía majestuosa permanece indiferente a todo, con sus cientos de manglares, la lluvia y la humedad no cambian. La miseria crece, la violencia también. Ya aquellos niños de antes que jugaban contentos son abuelos resignados al círculo maldito del abandono. Morirán así, jamás tuvieron otra oportunidad en su existencia.

Pero los jóvenes no aceptan más. Se va formando una bomba de tiempo, que estalla de vez en cuando con promesas, aguas tibias y pare de contar. El narcotráfico les abrió un horizonte nuevo, ya pueden comprarse zapatos y ropa de marca, lo que antes no podían. Pero de allí no pueden escalar. Educación, fuente de empleo, barrios dignos o acueducto no existen. No pueden escapar a su destino. Jamás ha habido una política coherente y veraz de ningún presidente en funciones, ni de ningún ministro, representante o funcionario que de verdad se raje por sacar adelante la ciudad de Buenaventura, nuestro único puerto en ese Pacífico tan lejos de Dios y tan cerca de Colombia.

Acaba de finalizar una marcha, una más en más de un siglo. Y no va a pasar nada. Volverán funcionarios cargados de palabras y promesas, que jamás se cumplirán. El Pacífico colombiano no existe, sus habitantes tampoco. Desgraciadamente están atrapados en Colombia y no pueden salirse de este país indiferente.

Sin embargo, lo que más me duele, y siento en carne propia la rabia y la impotencia, es que ni el departamento del Valle reacciona. A Roldanillo, La Unión, La Cumbre, El Águila, Toro, Palmira, Buga, Pradera o Tuluá les importa un pito la tragedia del Pacífico, ni apoyan sus marchas ni se duelen por sus desgracias. A lo mejor ni se han enterado. El Valle está fragmentado como un rompecabezas en el que ninguna ficha encaja. Carecemos del sentido de unión. El norte del Valle tiene su propio ritmo y el sur es Cali que no es de nadie. Que venga el diablo y escoja.

Ninguna gobernación puede hacer nada si el Gobierno central no toma cartas en el asunto, y jamás las ha tomado. Me constan los esfuerzos de Ubéimar Delgado, de Dilian Francisca Toro y de Clara Luz Roldán. No tienen eco ante el centralismo. Es una batalla y lo seguirá siendo, una pérdida de antemano.

Posdata. Imperdible El fin del océano Pacífico, de Tomás González. Se huele la selva, se desaparece el mar con las mareas. Se siente la arena negra y espesa en la planta de los pies...

Comparte en redes: