Por: Cristo García Tapia

No es el polígrafo

En tanto la corrupción crece en progresión geométrica, surgen las más novedosas, triviales, pueriles, candorosas, inútiles, inservibles propuestas para combatirla.

Artefactos, mecanismos, artilugios, aparatos, conjuros, maleficios, rezos, oraciones, sortilegios, entre tantos y portentosos hechizos cuya fama y garantía de potencia disolvente, destructora, inagotable del virus de la corrupción y sus efectos letales, no obstante el sello de garantía, ha sido reprobada en alto porcentaje en individuos resistentes al tratamiento del virus en búnkeres, calabozos, fiscalías, cortes, cárceles de máxima seguridad, interpoles, exilios, medidas cautelares, etc.

Sin embargo, los sabios de Memphis, los gitanos de Macondo, los brujos de Arjona, la llorona loca de Tamalameque, las pitonisas de Urumita, el profeta de Santa Inés, sabios en todo y expertos en nada, pronostican que, dos o tres años antes del 2773, y el año esté cercano, ya dispondrán de las algas descontaminantes de los ríos, ciénagas, caños, arroyos de la corrupción, del polvo desinfectante de todas las conductas delictivas en las cimas del poder, del antitranspirante del nepotismo de los clanes familiares, del quitamanchas del soborno, del disolvente de pasados oscuros, del evaporador de expedientes, etc.

Y con el más grande, universal, completo, infalible, de cuanto artificio para aquel año de jubileo se haya ensayado, licitado, contratado y vendido al Departamento de la Corrupción de la monarquía reinante en aquel año de gracia.

Un invento a prueba de hacker, de infiltrados, torcidos, vendidos, castrochavistas, capaz de resistir altas emisiones en euros, dólares, bitcoin y otras monedas duras, y patentado por el supremo buró de la seguridad ética, la transparencia y la sacralidad de los presupuestos, bienes y rentas de los países de abajo, cuya tradición, eficiencia y oportunidad en las ciencias exactas de la corrupción, los paraísos fiscales, la venalidad y la evasión es ejemplar en los reinos conocidos.

Ese día inmortal, la historia universal se bajará de su pedestal europeo-norteamericano y por sus propios pies, costas y riesgos llegará a nuestro amado país a escribir en letras de oro, esmeraldas y aguacate la página más gloriosa, luminosa, de la suya propia: el descubrimiento de la piedra filosofal anticorrupción.

Para lo cual debieron pasar siglos de siglos, genios de genios, alquimistas de todas las estirpes, alfareros y carpinteros de todos los confines de la tierra conocida y de la por conocer, prestidigitadores y nigromantes del tercer piso del mundo, españoles diestros en el arte de cambiar el oro bueno y puro de estas Indias Occidentales por baratijas de crisocal, espejos y tortillas de huevos de viento.

Y todos a una, buscando el remedio que diera con el más prodigioso de los inventos para un mal que es de la entraña mismísima del poder; razón de ser de su insaciable apetito y desvaríos. De su incontenible, devastadora, arrasadora fuerza de huracán.

Hasta que por fin vinieron a encontrarlo aquí no más, en la montonera de lo inservible: una simple piedra del tamaño de un huevo, cuyo color no es ni fú ni fá, revuelta con polígrafos que nunca marcaron positivo, alibabás con sensores para volverse invisibles, semillas de árboles de abracadabra, patas de cabra para forzar las cajas fuertes de las rentas nacionales, llaves para abrir y cerrar procesos.

Y un sinnúmero de artificios, tratados, manuales y claves para el correcto, eficiente y seguro desempeño del oficio al que, ¡por fin!, pondrá fin la piedra filosofal.

Colorín, colorado, este cuento se ha acabado porque todo tiene que cambiar, dice el lorito real, para que nada cambie, le replica risueño el gato pardo.

* Poeta.

@CristoGarciaTap

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Cristo García Tapia

Una clase en extinción

Días de hotel

Dictadura y tiranía

Los campos de concentración de Trump

Ver lo que veo