Por: Augusto Trujillo Muñoz

No es fácil

El éxito de la operación jaque ha sido el golpe más fuerte propinado a las guerrillas en toda su historia. Sumado a otros igualmente conocidos, la conclusión es que las ‘Farc’ han perdido la guerra.

Claro, pueden apelar a las bombas –con altísimos costos políticos- o permanecer en la selva muchos años aún. Pero como su discurso ya no se corresponde con su conducta, terminarán convertidas en una confederación de bandas que delinquen para mantener un sistema de vida. No sin razón se afirma que así como el poder corrompe, la guerra pervierte.

Sin embargo, todavía pueden retomar la línea política. Así lo han reconocido no sólo comentaristas y dirigentes sino el propio gobierno, cuya decisión de buscar un contacto directo con Alfonso Cano parece estar acompañado de una nueva actitud. No es fácil reconstruir la confianza necesaria para sentarse a conversar. Pero es positivo que el gobierno intente un diálogo porque revisa el lenguaje dirigido hacia la polarización. Lo que el país necesita es ampliar los consensos entre quienes suscriben los principios del Estado social y democrático de derecho, adoptados por la Constitución del 91.

Tampoco es fácil que en el seno de la guerrilla se abra paso un espacio para el diálogo. La política de las Farc es de naturaleza confrontacional. No es sólo el predominio de la línea bélica sobre la línea política. Es el predominio del lenguaje de la confrontación sobre el del diálogo en el discurso. Las Farc siguen siendo leninistas y sus miembros siguen siendo revolucionarios. Las dos cosas –el leninismo y la revolución- son dogmáticas y corresponden al patrimonio del siglo XX. Riñen con la democracia que vienen aclimatando el siglo XXI.

Suelo repetir una frase que me parece ilustrativa frente al tema: En el pasado los cambios eran imperceptibles por lo lentos; ahora son imperceptibles por lo rápidos. Todavía hay quienes se sienten progresistas suscribiendo fórmulas superadas por un mundo que asiste al más rotundo cambio de época. Las Farc no asumen la política como una expresión de la pluralidad de los hombres, cuyas diferencias han de ventilarse a base de una relación civilizada. Por el contrario, siguen creyendo que la guerra es otra forma de hacer la política. Eso las convierte en una organización jurásica, sin sintonía con los vientos que soplan en el universo de su tiempo.

Pero es más grave aún que funcionarios del gobierno suscriban –sin rubor alguno- la fórmula de Clausewitz. Después del anuncio presidencial de buscar contacto con Cano, el asesor Obdulio Gaviria se atrevió a decir que “el gobierno no quiere hablar con las Farc de política, sino de desmovilización”. Es dramática semejante afirmación. Obdulio –como las Farc- se quedó también prisionero del siglo XX. Me temo que el comunicado de la Casa de Nariño exigiendo prudencia, estaba dirigido al asesor Gaviria más que al ministro Santos.

En el siglo XXI es impensable la política sin reconocimiento del otro, sin tolerancia por la diversidad de su condición, sin respeto por la opinión adversaria. “La política –como dice Hannah Arendt- trata del estar  juntos los unos con los otros de los diversos”. Sólo cuando se entiende así es posible el diálogo entre las múltiples visiones que existen en el entorno social. No es fácil, pero es posible. Tiene que ser posible si se quiere vivir en paz. Le toca hacerlo posible a la sociedad civil, cuyo rol es aclimatar en su seno la democracia como cultura.

Ex senador, profesor universitario.

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