Por: Augusto Trujillo Muñoz

No es facil, pero tampoco imposible

Como colombiano celebro el importante avance político que significó la convocatoria de los representantes de todos los sectores políticos a la Casa de Nariño, con motivo de los resultados de la consulta del 26 de agosto. El presidente Duque se anotó un punto gigantesco a su favor porque, más allá de la obcecación de quienes parecen disfrutar con la polarización, mostró su interés real en la construcción de consensos.

El mensaje proyectado por Duque supone la idea de hacer efectivos sus anuncios sobre un gran pacto nacional. La sociedad colombiana es desigual, excluyente, maniquea y, en los últimos años, agudizó esos perfiles de manera preocupante. No solo en su cúpula hay pertinacia. También en la base campean la intolerancia, el apasionamiento, el sectarismo y, sobre todo, una dificultad enorme para reconocerse en el otro.

Salvo en los comienzos del Frente Nacional y en el proceso constituyente del 91, los últimos cincuenta años han privilegiado la confrontación sobre el entendimiento. Todo el mundo pide diálogo, pero nadie lo ofrece. El país necesita una nueva conversación. El establecimiento dialoga entre sus miembros, es decir, consigo mismo, pero no con sus adversarios políticos. Y al revés es igual.

Esos no son diálogos sino monólogos y, por lo mismo, no consiguen acuerdos. Por el contrario, fundan compartimentos estancos que ahondan la desconfianza y estimulan los conflictos sociales. Estos tiempos exigen apelar mucho más al ejercicio democrático, mirando al futuro, que a la vieja sobreideologización del siglo pasado. Seguir hablando de la inefable ecuación entre derecha e izquierda supone algo de perfidia o mucho de torpeza. La realidad actual ya no es así. En una sociedad diversa es indispensable trabajar sobre la idea de un acuerdo de mínimos, a partir de la deliberación democrática.

El presidente Duque sentó en la misma mesa a voceros del establecimiento con voceros de la oposición, en un ejercicio muy escaso en la historia del país. El rechazo a la corrupción es, naturalmente, factor de aproximación entre las distintas fuerzas políticas y los diversos sectores sociales. Pero es necesario enriquecer esa agenda con la decisión de avocar temas como la desigualdad, la inclusión, la convivencia, e incluir en sus desarrollos al país nacional.

Los colombianos no viven una situación de normalidad política. Su realidad muestra incertidumbres frente a los acuerdos de paz y desasosiego por el asesinato de líderes sociales. Las instituciones son mucho más legales que legítimas y las leyes son más abundantes que útiles. Las políticas públicas, a menudo, están divorciadas de la vida cotidiana y la gente descree de la palabra oficial: Somos más geografía que historia.

El gran acuerdo nacional es básico para la regularización de la vida política. Tiene razón el presidente Duque cuando recuerda los pactos de la Moncloa, cuyo objetivo fue normalizar el suceso político de la sociedad española. En Colombia no es fácil, pero tampoco es imposible. Iván Duque está en condiciones de ser el Adolfo Suárez de una transición colombiana hacia la normalidad política, y la reunión de la Casa de Nariño puede ser el primer paso en esa dirección. Con semejante logro, Duque inscribiría su nombre con mayúsculas en las páginas de la historia nacional.

*Exsenador, profesor universitario.

@inefable1

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Augusto Trujillo Muñoz

La globalización del odio

Una reforma confiscatoria

El consenso en la política

Territorios vedados

Clientelismo impenitente