IV Encuentro de Liderazgos LGBT: A enfrentar el conservadurismo religioso

hace 1 día
Por: Columnista invitado EE

No es la colusión, es la corrupción

Por David Brooks

El informe de Mueller es como una versión jurídica de una película de suspenso en la que tres fuerzas malévolas atacan a una ciudad al mismo tiempo. Todos se preguntan si los tres atacantes trabajan juntos. El informe llegó a la conclusión de que no es así, pero eso no hace que la situación resulte menos aterradora ni que la amenaza sea menos real.

La primera fuerza es Donald Trump, quien representa una amenaza para los sistemas estadounidenses de gobernanza. Hace siglos nuestros fundadores crearon un sistema de leyes, no de hombres. En nuestro sistema de gobierno hay procedimientos establecidos, basados en valores determinados: la imparcialidad, el respeto a las instituciones, la idea de que un cargo público es una posición de confianza y responsabilidad pública, no un juego privado.

Cuando Trump aparece en el informe de Mueller, a menudo está pisoteando esos sistemas y violando estos valores. Le pide a su abogado que obstaculice una investigación. Le pide al director del FBI que deje en paz a sus aliados. Intenta hacer que los investigadores relevantes sean despedidos. No sé si sus acciones cumplen con los estándares jurídicos para considerarlas obstrucción de justicia, pero sin duda cumplen con los requisitos del sentido común para tacharlas de interferencia en la justicia.

La segunda fuerza es Rusia. Si Trump es una amenaza para la infraestructura institucional, los rusos son una amenaza para nuestra infraestructura informativa. Esto ya lo sabíamos, pero aun así fue sorprendente ver que el hecho se declarara sin tapujos: que el gobierno ruso interfirió en las elecciones de 2016 “de manera extensa y sistemática”.

Quizá no bombardean edificios ni le disparan a la gente, pero el que un gobierno extranjero ataque el registro objetivo en el que se basa la democracia puede considerarse como una especie de guerra. Los rusos están intentando socavar la información que usamos para debatir y la confianza que hace posible el diálogo.

La tercera fuerza es Julian Assange y WikiLeaks. Suponen una amenaza para nuestra infraestructura deliberativa. Toda organización necesita poder sostener conversaciones privadas para deliberar. Ya se trate de telegramas del Departamento de Estado o correos electrónicos del Comité Nacional Demócrata, WikiLeaks ha violado la privacidad y ha dificultado el funcionamiento de las instituciones. Ahora nos encontramos en una situación en la que algunas de las peores personas que habitan el planeta son las que determinan lo que se publica.

El informe de Mueller indica que Trump no estaba coludido con Rusia, pero también muestra que estaban comenzando a entablarse relaciones laborales por medio de facilitadores como Paul Manafort, Donald Trump Jr. y Roger Stone. Lo más importante: demuestra que los trumpistas, los rusos y la gente de WikiLeaks estaban conscientes de que todos eran, de cierto modo, actores que contribuían al mismo proyecto.

Yo diría que esa es la importancia central del informe. Nos están amenazando de manera muy peculiar. La infraestructura de la sociedad está bajo amenaza: los procedimientos que dan forma al gobierno, la credibilidad de la información, las reglas de privacidad que hacen posible la deliberación. Además, a pesar de que el gobierno chino no desempeña un papel importante en esta situación, representa una especie de amenaza similar para nuestra infraestructura intelectual: los derechos de propiedad intelectual que organizan la innovación.

Es como si alguien estuviera insertando sustancias ácidas en un cuerpo que corroen los ligamentos y los tendones.

La motivación de estas fuerzas es el interés propio, pero su característica en común es un nihilismo operativo. Están tratando de sembrar el caos en las bases de la sociedad. El objetivo en realidad no es convencer a nadie de defender una causa, sino crear cinismo y disrupción para abrir el terreno y que cada quien se apropie de lo que quiera. Amañan el sistema y luego les dicen a todos: “¡El sistema está amañado!”. Por lo tanto, todos los valores quedan invalidados. Todo está permitido.

Mientras leía el informe me vino a la mente un podcast llamado “Against the Rules”, de Michael Lewis. Un episodio reciente parte de la manera en que los atletas se están volviendo más agresivos con los árbitros. Sin embargo, eso no solo está sucediendo en los deportes, sino también en la sociedad. En todas las sociedades existen reglas que definen la buena conducta, y se supone que debe haber árbitros imparciales y honestos que hagan cumplir esas reglas y se aseguren de que el juego sea limpio.

Pero, actualmente, en toda la sociedad están pasando dos cosas: se está menoscabando la autoridad de los árbitros y muchos están abandonando su propia imparcialidad. (Piensen en los reguladores de Wall Street, la Corte Suprema, los presidentes de los comités del Senado, incluso muchos de nosotros en los benditos medios). Todo empieza a derrumbarse.

En esta ocasión el sistema más o menos se mantuvo en pie, pero eso se debió únicamente a que la gente que rodea a Trump a menudo se rehusó a hacer lo que él les pedía, y a la casualidad de que estuvo involucrado Robert Mueller, quien parece ser un árbitro justo.

El Departamento de Justicia no ha salido ileso de los ataques políticos. La conferencia de prensa que dio William Barr antes de la publicación del informe erosionó cualquier afirmación de imparcialidad y credibilidad.

Trump no parece entender el concepto de lealtad hacia un cargo público. A su entender, cualquier tipo de poder es poder personal, y el gobierno está para servirlo como el dios sol que es. Seguirá pisoteando los sistemas justos del gobierno.

Es fácil reconocer cuando te están atacando de frente. Pero a Estados Unidos lo están atacando desde abajo, desde los fundamentos que damos por hecho.

(c) The New York Times.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Columnista invitado EE

Poder de cambio

La hora de la propiedad intelectual

Vasos de agua

“El especismo mata”