Por: Julio César Londoño

No es por el color del uniforme

LA ENTREGA POR PARTE DEL PRESIdente Santos del comando general de las Fuerzas Armadas de Colombia al almirante de la Armada Édgar Cely, en lugar de poner allí al comandante del Ejército, como es tradicional, ha generado tensiones inocultables entre estas dos fuerzas.

Aunque la prensa se ocupó del asunto, no le dio la importancia que se merece. Incluso, la crisis fue minimizada por algunos analistas que sólo vieron allí unos celos infantiles por el color del uniforme. “Los hombres del Ejército (uniforme verde) no soportan la idea de recibir órdenes de un señor de negro (el uniforme de la Armada)”, leí en alguna columna. Es probable que para los soldados el color del uniforme sea muy importante, pero a los generales les preocupan otras cosas.

Esta fisura es delicada porque interrumpe la continuidad que debe existir entre las diferentes fuerzas: introduce ruido en los canales de comunicación, entorpece las labores de inteligencia, produce operaciones redundantes e incluso arruina operativos, como sucedió con el fracaso de la captura de Mincho, el jefe del frente 30 de las Farc, una operación de la Armada que el Ejército saboteó. Y no es que el Ejército se haya vuelto comunista: es que aún no se resignan a recibir órdenes de un marinero. En un país medianamente serio, este sólo hecho daría para seguirles un consejo de guerra a los oficiales responsables.

El Ejército se cree el amo de las Fuerzas Militares por tradición, porque lleva el peso de la mayor parte de una guerra cuyos combates se libran todos en tierra, y porque es el cuerpo más numeroso: tiene 214.000 hombres contra 115.000 de la Policía, 33.000 de la Armada y 11.000 de la Fuerza Aérea.

Pero en realidad lo que le duele al Ejército no es la tradición ni el color del uniforme sino que le quiten el manejo de los US$12.000 millones del presupuesto de las Fuerzas Armadas, de los cientos de millones de dólares de la ayuda estadounidense, de los jugosos contratos con los proveedores de vehículos, combustible, equipos y víveres para 413.000 hombres, y de las miles de chanfainas de alto salario que puede dispensar un comandante general.

La pregunta es: ¿por qué decidió el presidente quitarle esta comandancia al Ejército? Todo indica que fue por desconfianza. Sé de buena fuente que lo primero que hizo al asumir el Ministerio de Defensa Rodrigo Rivera, un señor más trabajador de lo que la gente piensa, fue revisar los gastos de las Fuerzas Militares; y encontró que eran dos y hasta tres veces más altos que los gastos de los países que enfrentan problemas de orden público comparables con los de Colombia.

No creo que haya cifras claras del desaguisado porque hacer una auditoria rigurosa en este campo no es fácil. Es imposible demostrar, por ejemplo, que el gasto de munición del combate de ayer en las selvas del Putumayo fue excesivo, o que está inflado el registro del número de horas de vuelo de los helicópteros, o que los dineros de las recompensas y de los pagos a los informantes no sufren retenciones extras “en la fuente”. Además es un trabajo peligroso. El auditor puede terminar falsopositivizado en menos de lo que canta un gallo.

Por más cándido que uno sea, termina preguntándose: si hay chanchullos mayúsculos en sectores tan auditados como las obras públicas o la salud, ¿qué no pasará en esa caja negra que son los gastos de las Fuerzas Militares?

Con el pragmatismo que lo caracteriza, el presidente decidió dejar quieta la tapa de esta “olla” y olvidarse de una contabilidad imposible, pero cambió al administrador. Y para dejar en claro quién es el jefe y silenciar de paso los rezongos de los generales del Ejército, llamó a retiro a su segundo hombre, el general Matamoros. El que sabe, sabe.

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