Por: Luis Carvajal Basto

No es Uber, es la revolución digital

La política en el siglo XXI viaja en taxi pero también en Uber. El conflicto sin resolver entre servicio tradicional de taxis y aplicaciones es apenas una expresión del periodo de transición entre sociedad analógica y sociedad digital, y es en realidad pequeño comparado con lo que veremos, o vemos, en el ámbito político. Si hemos tardado casi dos lustros en reglamentar, o institucionalizar, algunos efectos de la revolución digital en el transporte urbano, ¿cuánto nos demoraremos en actualizar la política y cuáles serán, o son, las consecuencias de no hacerlo?

Penalizar la utilización de aplicaciones en el transporte o en cualquier ámbito, económico, político, etc., equivaldría a prohibir las industrias en el siglo XVIII en cuanto afectaban la producción artesanal, o las expresiones democráticas, lo que de hecho se hizo entonces con las consecuencias conocidas. De la misma manera que las monarquías (constitucionales, parlamentarias) debieron actualizarse para sobrevivir, correspondiendo reconocer las entonces nuevas voces económicas, políticas y sociales subyacentes, una consecuencia de la Revolución Industrial, nuestro régimen político está tardando, más en algunos países que en otros, en reconocer e institucionalizar el impacto de la revolución digital, propiciando, entre tanto, disfuncionalidad entre él y las nuevas realidades de la sociedad.

Si, para simplificar, dividimos la política democrática en dos grandes áreas: a) las actividades relacionadas con el desempeño del gobierno, y b) el proceso de acceso al control del poder, podremos aproximarnos mejor a lo que hoy está ocurriendo en este campo con su inevitable digitalización.

En relación con el desempeño del gobierno, las herramientas de comunicación política de la era digital se utilizan ahora casi plenamente y a medida, a tal punto que muchos gobernantes sustentan su desempeño basados en ellas, incluso confrontando a los medios de comunicación tradicionales. La administración Trump es un buen ejemplo. Sin cortapisas ni responsabilidades editoriales y potenciando su inmediatez, comunican y modelan la opinión a conveniencia.

Por otra parte, los gobiernos utilizan cada vez más las aplicaciones (como Uber) para relacionar instituciones del Estado y ciudadanos (una característica de la democracia) en la perspectiva de lograr mayor transparencia y eficiencia en la utilización de recursos. El modelo de gobierno abierto, promovido con fuerza por los organismos internacionales, es una manera de asimilar e incorporar la revolución digital en las administraciones públicas, comenzándose a observar interesantes resultados. Transparencia, ciudades y gobiernos digitales e inteligentes.

Pero si desde el ámbito de desempeño del gobierno se registran los avances señalados, no ocurre lo mismo con el proceso de acceso al poder, convertido en “tierra de nadie”, como consecuencia de la coincidencia entre cambios digitales y obsolescencia de las reglas.

El conocimiento, por parte de algunos Estados y empresas, de las emociones y sentimientos más íntimos de los ciudadanos a partir de sus perfiles y utilización de redes, y el aprovechamiento no reglado, o ilegal, de megadatos y algoritmos para influir en las decisiones de los electores se están convirtiendo, como Uber en el transporte, en un problema sin resolver para la democracia. Tales empresas, gobiernos y malos políticos “avispados” conocen mejor a cada elector que cada ciudadano a sí mismo. El caso de Cambridge Analytica (ver detalles aquí) es un ejemplo destacado.

Por otra parte, las democracias avanzan lentamente en la utilización de herramientas digitales que podrían representar y expresar mejor (en tiempo real) las nuevas necesidades y aspiraciones de también nuevos sectores ciudadanos. Si la gente no encuentra canales para expresar sus emociones, sentimientos y necesidades, la propensión a ocupar las calles aumentará.

Ante las herramientas digitales disponibles, las características de la democracia representativa necesitan ajustarse y complementarse, aunque resulte paradójico y anacrónico recurrir a las calles en plena era digital, como lo hacen quienes utilizan, de manera calculada, circunstancias en que una democracia, básicamente analógica, ya no representa a una sociedad digital que todavía no encuentra un reconocimiento legal e institucional de sus nuevas realidades.

@herejesyluis

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