Por: Julio César Londoño

¡No es una maricada semántica!

Al fin se cursó el debate sobre el matrimonio gay. Después de dos años de dilaciones, de sesiones inconclusas porque los honorables se iban temprano o llegaban tarde o no sesionaban por falta de señal, el Senado hundió la propuesta de Armando Benedetti de aprobar el matrimonio gay igualitario.

Reconozco que el librepensador Roberto Gerlein ajustó su discurso. Ya no fue benévolo con las lesbianas y cambio el adjetivo “excremental” por otro más inodoro: “escatológico”, dijo esta vez. Alegó que las relaciones homosexuales son malas por “inanes” y “recreativas”, para significar, supongo, que el sexo debe ser fecundo y aburrido para que sea grato a los ojos de Jehová. Nada de gemidos frenéticos ni de ojo voltiao, pues. “En esas relaciones no hay amor ni belleza”, sentenció en el clímax de su intervención. Poético el hombre, pero equivocado. Seguro asistes a clubes discutibles, Robert. Yo conozco unos divinos… Ahora, si lo que buscas es amor, no vayas a clubes: están plagados de profesionales. Pero no desistas, en algún punto te espera un ser bello, desinteresado y amateur, una persona que no piensa en tu inminente pensión, ni en tus altas pretinas ni en tu tinturado cabello. Nunca es tarde para otra noche loca, Robert.

En Hora 20, Roy Barreras aprobó la “unión solemne”, pero rechazó la adopción de niños por parte de parejas homosexuales. Traducción: Roy cree, como los últimos sexólogos pacatos de los años 70, que el homosexual es un enfermo y que no se lo debe dejar al alcance de los niños. Estos escrúpulos no le impidieron, sin embargo, firmar un pacto con un pastor de clóset en 2010 para hundir la iniciativa pro-gay en el Senado a cambio de los votos de la zombi grey del enclosetado señor.

El mismo programa radial desempolvó a Noemí Sanín. La discusión entre “matrimonio” y “contrato solemne” es baladí, semántica, dijo la señora (con frecuencia los políticos dicen “semántico” para darse tono y menospreciar los argumentos de sus contradictores; para decir que son cosas de meras palabras. Parecen ignorar que en algunas materias, como el Derecho, la forma es el fondo. El Derecho es una disciplina puramente verbal. Sus discusiones giran en torno a proposiciones éticas o procedimentales y a interpretaciones semánticas de esas mismas proposiciones). La comunidad gay alega, con razón, que poner “solemne” en vez de “casado” en una hoja de vida en un país tan cavernario como Colombia puede ser descalificador.

En un programa de televisión, el escritor Juan Gabriel Vásquez rechazó de plano las declaraciones de Gerlein y aconsejó que la gente leyera ficciones para curarse de semejantes prejuicios. La ficción, dijo con un punto de rubor, aumenta la inteligencia y la tolerancia del lector. ¡Caramba, ni Aristóteles en sus más catárticos momentos! Reconoció que su tesis podía sonar ingenua, pero explicó que la suya era una ingenuidad largamente meditada.

Estas opiniones, y el hundimiento de la iniciativa gay en un foro tan representativo como el Congreso, dejan varias conclusiones. 1: La mayoría de la población colombiana tiene “rayones” tan profundos como los que surcan las lisas circunvoluciones de los protomachos. 2: Es tal el desconocimiento de la naturaleza y la función del lenguaje, que para muchos “semántico” es sinónimo de “gramatiquería”. 3: El escritor no es inmune al viejo complejo del narciso gremial: se cree más inteligente incluso que el músico, pariente próximo de la divinidad, y por supuesto mucho más sabio que el negociante, un sujeto que los mira a ambos con infinita compasión. 4: En plena era del silicio, el país se inscribe cada vez más hondo en la medieval órbita de las teocracias. ¡Que Alá nos proteja!

 

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