Por: Eduardo Barajas Sandoval

No hay Antillas menores

Todavía vivimos bajo los efectos de la competencia, y de la división del Caribe, que en su momento protagonizaron los imperios de hace cinco siglos. 

Las disputas por esa otra especie de mar mediterráneo, abrazado por el continente americano, que daba acceso a uno u otro de los grandes volúmenes que lo conforman, entonces recién descubierto y todavía sin nombre definido, sacaron lo mejor, y también lo peor, del alma de españoles, británicos, franceses, portugueses, holandeses, alemanes y personajes anónimos de diferente procedencia, que tenían como denominador común la intención de hacerse, por el medio que fuera, a un pedazo de nuevo mundo.

Los protagonistas de la expansión europea de la época aspiraban a las porciones mayores del territorio recién hallado. O por lo menos esperaban, en algún lugar del trayecto que separaba a las “Indias occidentales” de Europa, para apoderarse de lo que otros habían conseguido como resultado de ese asalto a la riqueza descomunal de los hasta entonces dominios de los aborígenes. Que en realidad eran sociedades que tenían conceptos originales, y diferentes, de la riqueza, de la naturaleza y del valor del ser humano. 

Las cuentas entre los poderes coloniales y las sociedades que éstos mismos propiciaron en el escenario insular del Caribe se fueron saldando a lo largo de cientos de años, y terminaron por configurar un mapa que a principios del tercer milenio refleja todavía las aspiraciones de otra época y los fenómenos de interacción cultural, étnica y económica que las acompañaron. Con el ingrediente nuevo y adicional del turismo, que anda no tanto en busca de la historia como de la similitud que las islas, por lo general las más pequeñas, puedan tener con paraísos soñados.

Ese mundo, aparentemente dormido, que ha ido logrando diferentes tratos de emancipación o nueva amistad con las potencias que lo ocuparon y lo ayudaron a forjar, y que en algunos casos no se han ido del todo, continúa afiliado, formal o culturalmente, aún con las particularidades de una identidad propia, a Francia, la Gran Bretaña u Holanda. Así dentro de cuyo catálogo de posesiones, antiguas o actuales, esas islas no tienen ya el significado de la época de la conquista, son los típicos dominios de ultramar, aunque de pronto revisten alguna importancia estratégica, sea comercial o militar, y en todo caso permiten recordar la grandeza de otros tiempos. 

El huracán Irma, que al parecer ha sido el más violento de los que se tenga noticia, afectó de tal manera algunas de esas islas del Caribe, que su situación actual debería ser objeto del interés, la atención y la solidaridad del mundo entero.  Algunas de ellas pasaron de su proverbial vida apacible a convertirse en escenarios de caos y pánico, primero a merced de los vientos y las lluvias y luego a merced de la inclemencia de un ambiente sin agua, sin energía, con proliferación de ratas, contaminación de basuras, descontrol de alcantarillas y colapso de las comunicaciones, el comercio y el turismo, al punto de quedar en condiciones no aptas para la vida humana con la mínima dignidad. Con el ingrediente gravísimo de que la dosis se pueda repetir con el paso de nuevos huracanes, que pueden llegar a afectar las mismas y otras islas.

La UNICEF, con la mirada puesta en la protección de mujeres y niños, ha hecho un llamado a la solidaridad internacional, pues seguramente sabe que los esfuerzos de Francia, la Gran Bretaña, Holanda y los Estados Unidos infortunadamente no son suficientes para paliar los efectos del desastre. Y ello es explicable, pues a pesar de la buena prédica y la buena voluntad, no todos los sectores de la sociedad contemporánea de esos países tienen la sensibilidad requerida, frente a obligaciones de la era colonial, en territorios que ya no tienen la significación de otros tiempos.

Desde nuestra ubicación en el continente, todas las islas que no hemos sentido jamás como hermanas, por el hecho de no haber pertenecido a la familia colonial hispánica, han sido por lo general ignoradas en todos los niveles por los colombianos. A diferencia de países vecinos, que han dado muestra de mayor realismo en el trato hacia los países del Caribe, y han sacado de ello los mejores réditos políticos y económicos, nos hemos dedicado, por costumbre, y de pronto por vocación, a mirar hacia los Estados Unidos y Europa, pues no tenemos la tradición de mirar hacia nuestro propio vecindario. 

En el mejor de los casos, y gracias a la tarea de unos pocos visionarios, nuestro país se ha ocupado, de cuando en cuando, y a veces de manera un poco forzada, de mantener relaciones con las llamadas Antillas mayores. Las otras, que forman un “rosario” más cercano a nuestra costa Atlántica que los lugares remotos que nos sirven de referencia y que deseamos como aliados en las causas internacionales, no han merecido nuestra atención sino en ocasiones esporádicas. Los esfuerzos que se hayan hecho en momentos de protagonismo colombiano en nuestro continente, con la mirada puesta en la importancia de todos los estados del Caribe, vuelven con frecuencia a una condición tradicional de ignorancia, cuando no de menosprecio. Actitud que se paga caro en ciertos escenarios internacionales en los que, en virtud del principio de la igualdad de los Estados, no conseguimos, seguramente porque no merecemos, apoyo a la hora de las votaciones.

No hay, ni debe haber, Antillas mayores y menores. Todas las afectadas por el huracán Irma, esto es Antigua y Barbuda, Saint Martin, Saint Berthelemy, Anguilla, Saint Kitts and Nevis, Virgin Islands, Puerto Rico, Reública Dominicana, Haití, Turks and Caicos, además de Cuba, y las que de pronto pueden ser afectadas por los nuevos huracanes, merecen nuestra atención sin distingos de tamaño, influencia cultural o realidad política. Colombia se debe sumar de manera decidida no solamente a cooperar en la prevención de desastres, llamados aquí riesgos conforme a nuestra costumbre inveterada de denominar las cosas de la manera más dulce, sino a las tareas de reconstrucción en donde su oferta pueda ser recibida. Y debe mantener y fortalecer su presencia amiga, capaz de fortalecer lazos de cooperación con países que requieren de nuestra buena voluntad, inclusive como una buena inversión política hacia el futuro. 

 

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