Por: Gloria Arias Nieto
Pazaporte

No hay violencias buenas

No hay violencias buenas, merecidas ni admisibles. En cualquier modalidad, ADN, ración y duración, la violencia refleja el fracaso de la inteligencia, y es una miseria en la que todos pierden.

Los seres vivos tenemos un ciclo vital que merecemos honrar; la violencia tiene un ciclo mortal, y nada justifica su existencia.

Da rabia, da pesar y sobre todo debería darnos vergüenza, porque todos somos más o menos responsables de su cronicidad: de tanto contar muertos incontables en los campos de batalla, olvidamos mirar al interior de nosotros mismos; nuestras propias alcobas, las aulas de nuestros niños, las fábricas lícitas pero indignas, los guantes de los obreros ebrios de pobreza. Nos acostumbramos a oír el discurso de presumidos que intimidan, mentirosos de oficio y egoístas de profesión. Y callamos por miedo, por opacidad o por desnutrición emocional. Callamos, he ahí el primer error.

La violencia siempre ha encontrado pretextos, y entre sofismas y paradojas nos acostumbramos a su expresión cotidiana, familiar, escolar, sexual, social o laboral. De nosotros depende desacostumbrarnos: hacer valer la dignidad propia y ajena, el respeto por el otro y por nosotros, el afecto como hilo conductor que salva y ampara.

Si no lo hacemos, seguiremos cayendo en el ojo por ojo que nos deja temporalmente ciegos. Pensemos antes de odiar: ¡Es tan rápido y tan fácil armar un tinglado de hostilidad, y tan complejo y largo desmontarlo!

Trátese de la siniestra “palmada pedagógica” (palabras antagónicas que jamás deberían ir juntas), de abandono, violación, bullying, celotipia o compraventa de misiles, es preciso intervenir cada expresión de violencia, porque en esta cadena ningún eslabón es inocuo y todos son inicuos.

En el 2008 el Instituto Politécnico Nacional de México (entrañable Lupita, ¡feliz 12 de diciembre!) diseñó un violentómetro, que va de 0 a 30: en 0 no hay nada, en 1 van las “bromas hirientes” y en 30 el asesinato. Podríamos tener estos medidores en autobuses, prostíbulos y púlpitos; en morrales de colegio, quirófanos y bancos; en la agenda de jefes, familias, gobernantes y mendigos. Y evaluar regularmente las agresiones dadas y recibidas, y ver si nos estamos preparando para ser más capaces de convivir que de conmorir.

Está claro que para muchos la paz, en cualquiera de sus facetas, es un tema duro de roer. Y duro de pagar, no solo en signo pesos, sino en signo pasos. Pasos para no satanizar la diferencia ni creer que la tolerancia es el principio del caos; pasos para entender que las oportunidades son derechos y no privilegios; reconocer al invisible; y saber que no hay un enemigo en cada contradictor. Y cientos, miles de pasos, hasta lograr archivar los tomos de rencores acumulados, que no sirven para nada.

La convivencia cuesta anímica, económica y políticamente; pero nunca será tan cara como la violencia y sus secuelas.

“Educar antes que instruir”, decía el abuelo. Si tuviéramos más conductas de acercamiento y bondad que de exclusión y prepotencia, quizá habría —a pesar de las tormentas inherentes al mundo— menos naufragios insalvables, y más veleros navegando en libertad.

[email protected], @gloriariasnieto

 

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