Por: Héctor Abad Faciolince

No he visto el mar

Si alguien quisiera dar un ejemplo de estadísticas tontas, podría usar esta que se suele hacer sobre los colombianos: que uno de cada cuatro no conoce el mar.

El dato es preciso, pero ponen a sumar en él a los habitantes de la Costa Caribe y del océano Pacífico, que son millones, y obviamente conocen el mar todos ellos, pues viven frente a él y ya de tanto verlo casi no lo ven. En una encuesta más reciente y menos boba, se da el dato de que el 57% de los habitantes del interior (Bogotá, Cali y Medellín) no conocen el mar. Entonces —con más precisión— se puede decir que tres de cada cinco habitantes del interior del país no conocen el mar. O invertir las cosas y apostar que más de la mitad de los costeños no conocen las montañas andinas, y que casi todos los que viven en la selva no conocen ni el mar ni las montañas.

¿Y a quién le importa que tres de cada cinco colombianos no conozcan el mar o las montañas? Para empezar, a mí, a un montañero como yo, que conoció el mar cuando ya tenía uso de razón, y por eso no olvida ese primer contacto con el horizonte abierto y con la inmensidad. Si algo nos define a los que vivimos en los valles o en los altiplanos de las cordilleras colombianas, es esa ausencia: estamos lejos, muy lejos del mar. Un poema que me encanta, y que me gusta repetir como un rezo en los aviones o como una jaculatoria si voy solo en el carro, es la Balada del mar no visto, ritmada en versos diversos, de ese raro y único poeta de las montañas antioqueñas, León de Greiff: “No he visto el mar. / Mis ojos, vigías horadantes, fantásticas luciérnagas. / Mis ojos avizores entre la noche / (…) Mis ojos vagabundos / no han visto el mar…”.

La noticia de ese gran número de colombianos (un país con dos océanos, nos enseñan en el colegio) que no conocen el mar, me entristeció y me trajo el recuerdo de una amiga mía. Me hizo recordar la risa amarga que nos dio esa vez que ella dijo: “Me sabe a lágrima”, al probarse el dedo, después de tocar el mar. Porque no sólo ver el mar es una experiencia única (o mejor: una experiencia enorme), sino también probarlo, y flotar en él, porque se nada y se flota más fácil y más plácidamente en el agua salada que en el agua dulce (y eso lo sabe mejor que nadie el que conozca el Mar Muerto, un sitio donde uno puede leer el periódico sentado cómodamente sobre el agua).

La Antioquia de donde soy (Urabá es otra cosa en nuestra imaginación) no tiene mar, y quizá por eso lo que más nos define a los antioqueños son las ansias de salir algún día de este encierro en las montañas, al océano y al mar. Muchos colombianos piensan que como Uribe y Andrés Uriel eran antioqueños, después de sus ocho años gobernando, en Antioquia tenemos las mejores vías y carreteras para movernos en nuestras montañas y salir al mar. Nada más equivocado. Seguimos exactamente con las mismas carreteras de nuestra juventud, trochas infames para ir a los pueblos montañeros de nuestros antepasados, y troncales truncadas por derrumbes, por las que necesitamos todas las horas del día para llegar al mar o a ese otro mar de gente que es Bogotá, la capital.

Nos definen un encierro y una ausencia. Un ensimismamiento en las montañas remotas. La mayoría de los que nos decimos antioqueños, no ha visto el mar. Y llegar a verlo, por estas rutas maltrechas, por estas carreteras inmundas que nos dejó de herencia Andrés Uriel, es un imposible del bolsillo. Por eso creo que seguiremos con nuestra ciega cerrazón mental, clamando tristes con nostalgia de lo nunca visto, como el viejo poeta: “Mis ojos errabundos, mis ojos vagabundos, no han visto el mar mis ojos: no he visto el mar”.

 

 

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