Por: Esteban Carlos Mejía

No hubo fiesta en el río

A pesar de sí mismo, el exalcalde de Medellín Alonso Salazar es mejor escritor que político. Estremecen los relatos de su primer libro, No nacimos pa’ semilla, 1990, sobre la vida en las comunas nororientales de Medallo, esa mezcolanza aún mortífera de pobreza, ignorancia, desesperación, rabia y plata más o menos fácil. Un testimonio escueto y brutal, sin moralina ni pedagogía barata.

¿Y cómo olvidar Mujeres de fuego, 1993? Elegía a milicianas, parceras o madres que superaron la violencia con tenacidad, coraje y, en últimas, amor. Poco después, Alonso logró una proeza periodística: escribir las biografías de una víctima y su victimario. En 2003, publicó Profeta en el desierto, Premio Planeta de Periodismo, breve y entrañable semblanza de Luis Carlos Galán. Antes, en 2001, había aparecido La parábola de Pablo, sobre el forajido Pablo Escobar Gaviria, Patrón del mal.

Ahora se ha dejado venir con No hubo fiesta. Crónicas de la revolución y la contrarrevolución, (Aguilar, agosto de 2017). Le oí decir que era el libro que más le había costado escribir, tal vez por ser un buceo en sus propias vivencias, dudas o desesperanzas. Los capítulos dedicados a la izquierda armada llegan a ser conmovedores… por lástima o por repulsión. No sin veracidad, explora las razones por las cuales decenas de universitarios de los 80 se metieron a las Farc, el Eln o el Epl. Y con pelos y señales describe sus peripecias, de la ciudad al monte, y viceversa. La ilusión primera de combatir en las filas del padre Camilo Torres Restrepo o bajo el mando de Manuel Marulanda Vélez y después la degradación de sus ideales, como en un juego de teléfono roto: fanatismo, arrogancia, atraso, sectarismo, desquites y muerte. Un retrato patético de toda una época. No lo digo yo, ni más faltaba. Lo dicen aquellos que endiosaron el uso de las armas y, desde otra orilla, aquellos que jamás se dejaron tentar por el foquismo o los ejércitos del pueblo.

Por ejemplo, una probable contrapartida a estas historias de la izquierda armada sería El río fue testigo, de Ángel Galeano Higua (Sílaba Editores, agosto de 2017). Es una novela sobre “los descalzos” del MOIR, médicos, bacteriólogas, periodistas, odontólogos, economistas, estudiantes o militantes que, por los mismos años de No hubo fiesta, también se fueron al campo, pero sin armas, a compartir la vida con campesinos del Tolima, el sur de Bolívar, Urabá o la zona bananera de Sevilla, en pleno corazón de Macondo. A convivir con campeches y ayudarlos con brigadas de salud, ligas o cooperativas de producción, bibliotecas, grupos culturales o vocería política. Narrada con pasión y escrupulosidad, al estilo de El Don apacible, de Mijaíl Shólojov, Premio Nobel de Literatura en 1965, la novela de Ángel ofrece una perspectiva menos aventurera, igual de trágica, sobre esa utopía llamada “revolución colombiana”.

Parecen variaciones sobre un mismo tema. No hubo fiesta —no ficción de la ficción— y El río fue testigo —ficción de la no ficción— recrean el pasado heroico de una generación perdida en la vorágine de la violencia o en la quimera de una revolución siempre aplazada.

Rabito: “Cuando doy comida a los pobres, me llaman santo. Cuando pregunto por qué son pobres, me llaman comunista”. Monseñor Hélder Cámara, obispo de Olinda y Recife, Brasil, (1909-1999)

Rabillo: “Un ejército pierde si no gana, una guerrilla gana si no pierde”. Henry Kissinger.

@EstebanCarlosM

 

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