Por: Isabel Segovia

¡No juegues con niños de color extraño!

En una escena de una película un soldado le dice a Aladino que quién se cree para dirigirle la palabra. Mi hija, muy indignada, me dice que ese soldado es racista. Le explico que es clasista pues, para él, Aladino por pobre no es nadie y por eso no le puede hablar. Sin embargo, le aclaro que el repudio que le causó la escena es el que se debe sentir hacia cualquier acto de discriminación, sea clasismo, machismo o racismo, y por lo tanto su molestia era absolutamente válida.

Es una obligación enseñar a nuestros hijos a ser incluyentes, sensibles y socialmente responsables, más aún si son parte del estrato social que cuenta con todos los privilegios, la mayoría de ellos adquiridos por suerte. Sin embargo, paradójicamente, ese estrato que cuenta con todas las oportunidades de educación, trabajo y ocio es justamente el más excluyente. La discriminación que se vive en esas esferas se debe a que muchos se sienten amenazados si su pequeño mundo se agranda. Son tan poca cosa que deben protegerse de los que son distintos por su raza, estrato, sexo o apariencia.

Los sitios que mejor reflejan estos temores y donde se evidencian comportamientos despreciables son los clubes sociales. Recuerdo la decepción que sentí cuando, siendo niña, me metí a la piscina con una de mis mejores amigas en uno de esos espacios; ella jugaba conmigo y además me cuidaba. Por su color, entre otras cosas, fue sacada de la piscina y yo regañada por haberla invitado. Desafortunadamente mi hija ha vivido esta misma experiencia en clubes de Bogotá donde le exigieron a su nana, quien ha estado con ella desde que nació, que trabaja en nuestra casa hace 20 años y es parte de nuestra familia, que vista de blanco y utilice un baño diferente al de los socios. También en un club de Barú, donde a otra amiga se le “prohibió utilizar las instalaciones de piscina y de playa”. Así como lo leen: de playa, no sólo por ser la nana de mi hija, sino porque además es afro, y eso sí que les incomoda a muchos privilegiados.

Estos sitios se reservan el derecho de admisión y de uso de sus instalaciones con normas pensadas para construir excluyentes mundillos donde se pueden desconocer los derechos constitucionales. Pero poco les incomoda compartir el espacio con abusadores, estafadores y ladrones de cuello blanco, mientras estos sean de su color o estrato (sin hablar de los que consideran que las mujeres no pueden ser miembros). Estos espacios resaltan los privilegios que se tienen en un país tan desigual, y en vez de ser ejemplo de comportamiento ciudadano e inclusión, promueven conductas propias del siglo XV.

Si entendiéramos que en las sociedades equitativas e incluyentes hay oportunidades para todos, seguridad y posibilidad de realizarse y ser feliz, nos comportaríamos diferente. Pero como para algunos su único mérito es haber nacido en el estrato correcto, del sexo que corresponde y del color más conveniente, protegen los privilegios de unos pocos, empeorando la calidad de vida incluso de esos pocos. La discriminación es violencia normalizada que debería ser rechazada por los clubes y sus socios. Es imperativo acabar con esas repugnantes actitudes que padece nuestra sociedad, para poder dar ejemplo a nuestros hijos y al resto de los ciudadanos de cómo convivir y crecer como una comunidad.

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2019-08-20T15:30:27-05:00

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2019-08-20T16:58:33-05:00

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