Por: Humberto de la Calle

No a la ley de la selva

Al momento de escribir esta columna, continuamos recibiendo noticias sobre el crimen atroz cometido al parecer por el Eln contra los jóvenes cadetes de la Policía. Las intervenciones del presidente han ostentado un fuerte acento institucional. No ha respondido con ciegas posiciones retaliatorias. Es el mejor mensaje, porque precisamente el terrorismo lo que busca es confundir, dividir, valerse del miedo para desintegrar los nexos de la sociedad. Por lo tanto, debemos abstenernos de magnificar las especulaciones con el ánimo de pescar en río revuelto. A la tristeza por el crimen horrendo, se suma el estupor por la manera como ha sido explotado con fines partidistas. Desde varios ángulos de escenario político, se ha aprovechado la situación para desplegar cadenas de odio y fomentar la pugnacidad. Es claro que paz, conflicto y política son inescindibles. Pero política con mayúscula. No la mezquindad de las acciones que empequeñecen a sus autores. No es la mejor respuesta la utilización de acontecimientos tan dolorosos para ahondar las fracturas sociales que no corresponden al legítimo trasiego de una democracia deliberante, sino a fines desestabilizadores que es, precisamente, lo que busca el terrorismo. 

Noah Harari lo describe muy bien en Homo Deus: “Los terroristas son como una mosca que intenta destruir una cacharrería. La mosca es tan débil que no puede mover siquiera una taza. De modo que encuentra un toro, se introduce en la oreja y empieza a zumbar. El toro enloquece de miedo e ira y destruye la cacharrería (…) los terroristas son demasiado débiles para arrastrarnos de vuelta a la Edad Media y restablecer la ley de la selva. Pueden provocarnos, pero al final todo dependerá de nuestras reacciones. Si la ley de la selva vuelve a imperar con fuerza, la culpa no será de los terroristas”.

La vía fácil es la de caer en el terreno ciego de las emociones. Todos pedimos firmeza. Por eso es tan difícil pedir, a la vez que esa firmeza en la condena y en las respuestas, un llamado a la cabeza fría. Lo peor ahora sería incurrir en el delirio vociferante. Porque ese día, la débil mosca habrá triunfado. Este no es el momento de los aplausos. 

Dos cosas para resaltar: la condena proveniente del partido de las Farc. Y el comunicado del señor canciller de Cuba, Bruno Rodríguez. Dice: Cuba “rechaza y condena todos los actos, métodos y prácticas terroristas en todas sus formas y manifestaciones”. 

El Gobierno tiene razón cuando rechaza negociaciones con el Eln mientras persista el secuestro. Si ese escenario no se despeja, tenemos que prepararnos para una dura confrontación. Que ella no sirva de excusa para destruir el entramado de las garantías del Estado de derecho. Es el momento de la fuerza tranquila de las instituciones.

En ese escenario posible, los llamados a destruir lo logrado son erróneos. No sería el mejor camino tratar de apagar el fuego del Eln con la gasolina de la insensatez.

Ante esta terrible coyuntura, el llamado es a la unidad. Que la débil mosca del terrorismo no termine desatando las fuerzas oscuras de la destrucción. 

Coda. Había ya escrito esta columna con una reflexión de contexto sobre el video de Iván Márquez a raíz de las celebraciones a la memoria de Rosa Luxemburg. Lo haré en próxima aparición.

 

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