Por: Guillermo Zuluaga

No mandemos a Nairo al pelotón de la ingratitud

La semana que termina es una de esas que no se quisiera que finalizaran. Los colombianos aún disfrutamos los sorbos del triunfo de nuestro Egan Bernal en el Tour de Francia y de un par de criteriums más que hacen parte de la fiesta del Tour, ese encuentro deportivo que reafirma la identidad gala.

Y desde que comenzó la Grande Boucle, este año tuvo un protagonista si se quiere insólito: un chico de 22 años que saliera de Zipaquirá (Colombia) a continuar el mito de los “escarabajos”. Y como se dice en el argot de las bielas y caramañolas, la carretera los va poniendo en su sitio: el que estaba reservado para el chico Egan era el del centro del podio, ese que soñaran tantos colombianos, que temporalmente habían pisado algunos y en el que solo pudieron estar en el momento final, hasta hace ocho días, Fabio Parra y Nairo Quintana.

Lo hecho por Egan debe llenarnos de orgullo. Egan es, además, el futuro de nuestro ciclismo. Sus pedalazos como también su profesionalismo y disciplina, los cuales incluso demostró saludando su triunfo en cuatro idiomas (hubo un tiempo en que nuestros tímidos ciclistas lo único que alcanzaban a decir era “un saludo a los patrocinadores y a mi mamá allá en Colombia), son el porvenir de nuestro ciclismo. Sin duda.

El triunfo un poco insólito y sorprendente de este chico ha hecho —es obvio— pasar un poco inadvertido el papel de Nairo Quintana. Y si bien Egan se merece todos los reconocimientos, no podemos relegar a Nairo Quintana al pelotón del olvido.

Acostumbrados a sus pedalazos de asombro, a esos piques repentinos cuando va dejando regados en el camino a los más perrunos gregarios y luego da cuenta, sin sobresaltarse, de los más sólidos líderes de escuadra, poco a poco nos volvimos exigentes con el hombre de Cómbita, a tal punto que si no ataca siempre, si no está en la punta siempre, si no gana un Tour... como que no quedamos satisfechos, pues sentimos que nos tiene que dar sí o sí, siempre, el primer puesto de una de las tres grandes del ciclismo orbital. Olvidamos que allá van los mejores del mundo y todos con el mismo objetivo.

Y cuando se habla de Nairo hay que tener en cuenta que desde hace unos meses se rompió el amor entre el Movistar y su jefe de escuadra. Nairo es el uno, claro, pero ahí está Valverde con su palmarés y su experiencia, es como el capitán del equipo; y está Landa, que no quiere renunciar a sus sueños, y está en todo su derecho. Pero el equipo y ellos dos son españoles y, europeos que son, quizá no están del todo cómodos con que un hombre de rasgos indígenas, cuyo cuerpo parece esculpido por el filo del viento de los páramos boyacenses, venga a lucirse en sus tierras y además a dar declaraciones donde muestra dignidad y convicción, contrariando esa idea que se tiene, tan eurocentrista, de que nosotros solo somos humedad y miseria. En la química se habla del “desgaste de los metales”, pero en el deporte y en la vida también hay que hablar del desgaste de los líderes. Nairo lo está viviendo en su equipo y es una verdad de a puño.

Pese a ello, Nairo dio muestra de que sigue tan vivo. La etapa 18 del Tour fue lo que se llama un “golpe de autoridad”. En la etapa reina dio cátedra de valentía, demostró que sus piernas aceradas y aceitadas darán mucho de qué hablar y escribir aún. Nairo ya es leyenda en nuestro ciclismo: en cinco décadas de colombianos en el Tour hemos sumado 20 etapas, de las cuales Nairo, con la de este 2019, aporta tres. Valdría recordar que una de ellas la ganó un 20 de julio, nuestro día nacional, con lo que selló además otros triunfos. Ese día Georgina Ruiz narró: “Qué más se le puede pedir a un muchacho de 23 años: Nairo Quintana gana la etapa, Nairo Quintana es campeón de la montaña, Nairo Quintana es campeón de los jóvenes, Nairo Quintana es subcampeón del Tour de Francia”. Picaba en punta la esperanza de volver a ser protagonistas. Era la consagración de un nuevo mito.

Quizás esta columna sobre. Porque ningún colombiano —incluido el mismísimo Egan con su Tour— ha logrado lo que Nairo: solo por citar sus participaciones en las tres grandes: un primer y un segundo puesto en el Giro de Italia, un primer y un cuarto puesto en la Vuelta a España, dos segundos puestos y un tercero en el Tour de Francia. Esos éxitos, a decir del periodista antioqueño y experto en ciclismo Mauricio López, lo sitúan por ahora en un escalón más alto que Egan Bernal.

Pero más allá del Nairoman, como lo exaltan algunos, está el Nairo Alexánder Quintana Rojas, el padre de dos hijos —cómo olvidar esa portada rosa de El Espectador cuando Nairo cargaba a su Mariana y recibía su trofeo como ganador del Giro de Italia—, el esposo, el hijo. El colombiano. Porque Nairo es un ciudadano ejemplar: alguien a quien le duele su tierra Boyacá, alguien que siempre saluda a Colombia cuando es triunfador en el exterior, alguien que fuera la imagen de algunos productos del campo colombiano y que tampoco le tembló su voz para alentar y sumarse a un paro campesino en contra del gobierno Santos. Nairo es un orgullo, un referente, un “barón poderoso”, en tanto aborigen. A Nairo le duele su gente, la dignidad de los ciclistas que vienen detrás, por lo que es un luchador en contra de los clubes fachada de ciclismo.

Nairo ama tanto a Colombia que ha ido, entrenando, desde Tunja a Cali alguna vez, y también hasta Medellín, solo para darse el gusto de conocer su tierra, según dijo, y disfrutar los paisajes como a veces no alcanzó a hacer mientras iba en los tráfagos de la competencia.

A lo mejor Nairo gane el Tour de Francia; a lo mejor no. De hecho, si bien se esfuerza, en febrero de 2019 le dijo al periodista español Carlos Arribás que “el sueño amarillo ya no es una obsesión”. Y que si lo fuera, ya se “habría ahogado”.

Cuando Egan venga al país hay que valorarlo y rendirle todos los honores, tan merecidos. Pero a Nairo también hay que mostrarle nuestro aprecio y respeto. Nairo es un ejemplo del colombiano íntegro. Porque Nairo fue quien retomó la huella de gloria que trazaron nuestros escarabajos de los años 80, y que otros tímidamente intentaron en los 90 y principios de siglo, pero él superó esa huella y ha dejado la propia: ha sido líder, triunfador y ejemplo. A lo mejor el mismísimo Egan se miró en ese espejo en 2014 cuando decidió dejar su bici de montaña y se aventuró a irse a Europa.

Colombia es cantera y referente del ciclismo mundial. Y Nairo hizo que de nuevo los micrófonos y cámaras volvieran a fijarse en nuestro país. Pero Nairo no es pasado; es presente y futuro. Ya lo dijo Arribás: “Nairo es orgullo herido con piernas y un corazón que le desborda, un empecinado, y pedalea ligero, bien firme sobre el vacío”.

Le puede interesar: "Colombianos en el Tour de Francia: de 'Cochise' a Egan Bernal"

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