Por: Aura Lucía Mera

No más “Me Too”

Estoy hasta la coronilla de tanto “Me Too”. De tanto “a la mujer no se la toca ni con el pétalo de una rosa”, de tantas acusaciones de “mujeres acosadas”, de tantas fragilidades femeninas que se han convertido en tsunamis feministas fundamentalistas contra los hombres, ya acorralados y tildados de victimarios feroces contra las “costillas” o mujeres.

Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa, como decía el inolvidable y pintoresco gobernador del Valle Absalón Fernández de Soto. Una cosa es rechazar, repudiar y pedir sanciones legales para la violencia del hombre contra la mujer, acabar la cultura machista que viene desde la época de las cavernas, en todas las civilizaciones, imperios, países y culturas, y otra muy diferente es que ahora cualquier vieja acabe con la reputación de un hombre después de 20 años diciendo que “el personaje en cuestión”, sobre todo si es famoso, la “acosó”.

En Colombia, la misma Iglesia católica tenía entre sus mandatos el “débito conyugal” y no cumplirlo no solamente era pecado mortal, sino causante de la nulidad del sacramento. En plata blanca quería decir que a cualquier hora del día o de la noche “la esposa tenía que satisfacer sexualmente a su marido”, sobrio o borracho; mejor dicho, la religión que inventó el machismo fue la católica. La “mujer” fue la causante de la desgracia de la humanidad, del pecado original, y estaba destinada a parir con dolor, a no joder, a quedarse callada y obedecer. Sí, la Iglesia creó el machismo en este país y lo apoyó desde la Conquista.

El Machismo, así con mayúscula, siempre ha existido en todas las religiones y culturas, y los logros obtenidos por las mujeres son el fruto de años de lucha y confrontaciones. Todavía falta camino por recorrer, pero se avanza en todos los campos.

Pero de allí a que nos hayamos convertido todas de repente en víctimas y puras, acosadas miserablemente por las hordas de machos, hay mucha tela para cortar.

¿Se nos ha olvidado acaso el poder de manipulación que siempre hemos ejercido? ¿El juego de la “mosquita muerta” para lograr lo que nos proponemos? ¿La capacidad de daño que tenemos y ejercemos sutilmente para aniquilar y moverle el andamio a la pareja? ¿Las provocaciones con “carita de yo-no-fui” para seducir y volver trizas al ingenuo que cayó en las redes? ¿Cuántas mujeres no han aprovechado el “apostolado horizontal” con su jefe o su amante de turno para alcanzar sus metas? ¿Incluso con sus propios maridos para obtener ese regalito o viajecito?

Si hacemos una introspección seria y objetiva, tenemos que reconocer que no somos ninguna pera en dulce. Podemos ser sinuosas, perversas, calculadoras y frías como témpanos a pesar de la máscara de fogosidad y seducción. Sobre todo, me refiero a muchas de las mujeres que han logrado llegar y mandar en el mundo de las finanzas, el poder, la política o el espectáculo. No a aquellas que todavía ni siquiera figuran en el mapa del “Me Too” y siguen siendo las víctimas mudas del machismo primario ancestral.

Personalmente, así me lluevan rayos y centellas y todos los adjetivos denigrantes, me parece mucho más difícil el rol del hombre, que tiene prohibido mostrar sus sentimientos, tiene la obligación de mantener el hogar, de satisfacer sexualmente a su linda mujercita, ser muy machito desde chiquito, no comprar camisas rosaditas, entrenarse con las putas antes de casarse, no llorar... Estos roles ahora están peor. Ya un piropo es un acoso. Una llamada telefónica es un acoso, una mano mal puesta es un acoso.

Las mujeres pasaron de un instante a otro de víctimas a victimarias-víctimas, y esta situación se está saliendo de las manos. Ya una serenata podría ser acoso, o un ramo de rosas.

Posdata. Me habría fascinado que Plácido Domingo me hubiera lanzado un piropo o picado el ojo. Como decía alguien sabio: “A toda mujer hay que proponerle. La que no acepta, agradece”. Curioso que todas las del “Me Too” ya están “jechonas”, nunca protestaron a tiempo y tienen tufillo de amargura. De la generación de mis hijos, ya casados y con hijos, no hay “Me Too”. Son parejas fenomenales, respetuosas, regios padres y madres, compañeros y amigos. No sé si fui víctima o victimaria. En todo caso, “je ne regrette rien”.

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