Por: Eduardo Barajas Sandoval

No menospreciar la amistad de Colombia

Los procesos históricos de relaciones internacionales, cuando llegan a consolidar amistades, representan valores sociales y culturales tan apreciables como los mejores componentes del tesoro público. Los gobernantes deben hacer todo lo posible por preservarlos. Por ello les asiste la responsabilidad de encontrar maneras abiertas y francas de superación de las dificultades que se presenten, en lugar de obstinarse en malgastar la buena voluntad que espontáneamente anima a los pueblos.

Lo anterior implica que los jefes de estado deben obrar con prudencia tal que sus actos y reacciones eviten a sus países embarcarse en escaladas emocionales que puedan producir daños irreparables. Por lo tanto, un buen sentido de las proporciones en la dosificación de la energía y de los argumentos no sólo constituye característica muy apreciable de estadistas, sino que ayuda evitar que los pueblos, propios y ajenos, sufran dolores innecesarios.

Las animosidades que las sociedades pueden llegar a vivir como consecuencia de los toques de clarín de los líderes políticos, terminan frecuentemente en tragedias. Por el contrario, las lecciones de ecuanimidad y buena voluntad que emanan de la pedagogía del ejemplo permiten superar enormes dificultades. De ello deben tener plena conciencia los gobernantes de cada lado, cuando se presentan crisis bilaterales.

La historia está llena de ejemplos de enemistades inducidas de las que son responsables dirigentes que han querido tramitar sus percepciones y sus propósitos involucrando a sus naciones en aventuras de desconfianza, cuando no de odio. La vieja fórmula de hacer crecer el fantasma de un enemigo común para poner juntos a diferentes sectores de una sociedad dividida, ha dado rendimientos inmediatos, seguidos de calamidades.  

La situación contemporánea de la América Latina, y en particular de la región andina, pide que los sectores amigos de la paz y la convivencia se manifiesten y reclamen de los gobernantes un comportamiento acorde con la obligación histórica y promisoria de mantener unidos a nuestros pueblos.

Cuando las naciones tienen fronteras difíciles de precisar, por el hecho de que de uno y otro lado habitan naciones que tienen la misma procedencia, hablan el mismo idioma y tienen las mismas ilusiones, la discordia no debe echar fácilmente raíces. Salvo, claro está, que desde las capitales lejanas, sometidas a los ritmos e intereses de la clase política, se estimulen sentimientos que terminen por inventar enemistades que no se producirían en el simple trámite de las relaciones entre grupos humanos que en principio no tienen porqué odiarse.

Para hacerle mal a la paz, y para que se produzca una catástrofe, no es preciso que se presente una guerra en sentido tradicional. Con el hecho de horadar el alma a punta de palabras se producen efectos peores, porque allí las heridas y las consecuencias son más profundas y perdurables, en cuanto tienden a volverse hereditarias.  

Las masas no son insumos de los que los líderes puedan disponer a su acomodo para inculcarles amores o animadversiones conforme a intereses y lecturas personales, así se invoquen principios en los que todos estamos de acuerdo. La desmesura en cada reacción y el abuso en la descalificación se pueden convertir en ejercicios de irresponsabilidad, máxime cuando con ellos se alimentan conflictos que, por no tocar intereses vitales, no tienen razón de ser. Mientras que los daños morales que se pueden desatar hacia el futuro serán muy difíciles de evitar.  Por todo esto, el Presidente de los ecuatorianos debe estar atento a no menospreciar la amistad que hacia su país todavía anima a los colombianos. 

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