Conversatorio de Colombia 2020

hace 5 horas
Por: Juan Pablo Córdoba Garcés

No nos equivoquemos esta vez

En esta década que tenemos por delante, Colombia tiene una gran oportunidad para finalmente dar el salto cuantitativo y cualitativo que tanto nos ha sido esquivo en términos de crecimiento económico, reducción de pobreza y desigualdad.

Esta oportunidad se da, en parte, gracias a que en los últimos años hemos hecho las cosas bien, y en parte, porque el mundo desarrollado está pasando por un muy mal momento, lo cual, en términos relativos, nos favorece. Hemos hecho las cosas bien en el manejo macroeconómico, en la recuperación de la seguridad y en la construcción de confianza que permitió enviar un mensaje a la comunidad nacional e internacional de que Colombia era un destino amigable para la inversión.

Las oportunidades son una fortuna para quienes las tienen, pero es claro que hay que saber aprovecharlas. No por el simple hecho de tener una gran oportunidad frente a nosotros quiere decir que ya obtuvimos los beneficios de ésta ni mucho menos que si no hacemos nada para sacarle provecho, ésta se vaya a materializar.

A pesar de todo el optimismo que hoy nos abriga y que las cifras de crecimiento, empleo, consumo e inversión dan pie para sentirnos bien, hechos recientes me hacen temer, muy a mi pesar, que una vez más no vamos a ser capaces de hacer lo que hay que hacer para que Colombia tenga en los próximos 10 años su “Década de Oro”.

Los empresarios del sector minero-energético se quejan de falta de claridad y diligencia en la expedición de licencias ambientales. Licencias ambientales que se demoran sin un procedimiento claro o que se dan y se suspenden, generan frustración y confusión en los inversionistas. A esto se suma que algunos proyectos han sido presa de la politización y las autoridades les han hecho el juego a minorías locales que ejercen presiones indebidas en nombre de las comunidades, para extraer favores que van más allá de las obligaciones contractuales con el Estado. Lo anterior no sólo retrasa los proyectos con las obvias consecuencias en costos y perjuicios para el proyecto y para la sociedad, sino que genera una sensación de desprotección en los inversionistas.

En otros sectores donde hay grandes inversiones comprometidas, estas quejas se complementan con inestabilidad regulatoria y aun con cambios en las reglas de juego que desconocen inversiones ya realizadas. Cambios en las fórmulas de remuneración de la infraestructura que, por ejemplo, desconocen el valor de los activos o de las inversiones efectivamente realizadas, no sólo generan una disminución en la rentabilidad esperada por los inversionistas, sino que pueden conllevar graves perjuicios para empresas que han emitido títulos valores en el mercado de capitales.

Para completar el panorama, el enrarecimiento de las relaciones laborales en algunos sectores y el nuevo ímpetu que han tomado ciertos grupos preocupan a la inversión. Los empresarios tienen la obligación de cumplir a cabalidad las leyes laborales y garantizar el trabajo digno de sus empleados y en ciertos casos, incluso, considerar el impacto que sus inversiones puedan tener en las comunidades y, sin reemplazar al Estado, trabajar con éste para garantizar que los beneficios de la inversión se extiendan a la comunidad ampliada. Pero la inconformidad de unos pocos expresada por las vías de hecho y multiplicada por sectores de opinión a quienes les conviene el desorden, genera preocupación y desconfianza en los inversionistas.

Son varios los sectores afectados: la minería, el sector de hidrocarburos, la generación de energía eléctrica, el gas, las carreteras, todos sectores en los cuales el país tiene puestas sus expectativas de crecimiento e inversión en los próximos años. Y estoy seguro de que en otros sectores los empresarios sienten preocupaciones similares. Pretendemos ser potencia regional en generación de energía eléctrica, superar el millón y medio de barriles de petróleo al día, desatrasarnos de una vez por todas en la construcción de la red vial nacional, mejorar la distribución y la cobertura de gas a nivel nacional y mejorar el balance energético, pero como sociedad, con las señales que le damos a la inversión, pareciera que aún nos debatimos si de verdad queremos que esos sectores se desarrollen y generen riqueza para todos.

No se trata de dañar la fiesta, pero sí de señalar que algunos hechos recientes cuyas consecuencias han sido desafortunadas para el ambiente de inversión, de no corregirse, pueden nublar nuestro promisorio futuro. Para aprovechar la oportunidad que tenemos frente a nosotros, tenemos que pensar en grande como país; debemos darle la bienvenida a la gran inversión; debemos aceptar con claridad que enriquecernos no es un problema sino una bendición; y debemos exigir claridad en las reglas de juego y seguridad en el ambiente de inversión.

Varios de los sectores afectados hacen parte de las locomotoras que el Gobierno quiere impulsar. Para lograr que éstas marchen a todo vapor es necesario que el mismo Gobierno actúe con mayor claridad y decisión. No puede ser que cuando se trata de licitar y poner el capital, los inversionistas son idóneos; pero cuando se trata de proteger las inversiones frente a las múltiples presiones, los inversionistas lucen como villanos y el Estado parece débil e impotente.

Para beneficiarnos del boom minero-energético por ejemplo, debemos ser capaces de extraer los minerales y el petróleo y aprovechar el cuarto de hora de los precios internacionales de los commodities. Si por el contrario, por todo lo anterior, la inversión se va del país o no llega al ritmo necesario, nuestras “riquezas” se quedarán enterradas y todos los colombianos nos quedaremos con la sensación de que nos quedaron debiendo la prosperidad prometida y de que el país dejó pasar la oportunidad de la vida y no la supo aprovechar para beneficio de todos.

Una vez más unos pocos nos habrán usurpado el derecho al progreso. En palabras del ministro Echeverry, ¡no nos quedaremos con la mermelada mal distribuida en la tostada, sino que nos quedaremos sin la mermelada! Podremos pedirles cuentas a nuestros gobernantes, podremos recibir sus explicaciones, pero de nada servirá haber dejado pasar la década de mejores perspectivas económicas que haya tenido Colombia en toda su historia. 

*Presidente de la Bolsa de Valores de Colombia.

 

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