Por: Gloria Arias Nieto
Pazaporte

No pierdo la esperanza

A quienes hemos expresado nuestra inconformidad por el nombramiento de Alejandro Ordóñez en la OEA nos responden —con la velocidad de la luz y la fuerza de las tinieblas— que si acaso nos parece bien ver a los exguerrilleros sentados en el Congreso de la República. ¿Por qué la pregunta? Son dos hechos distintos, ni paralelos ni derivados, y amnésicos no somos. Cuando las Farc eran un grupo armado, hicieron cosas horribles, atroces, que nadie sensato pretendería minimizar ni desconocer.

Pero, si me preguntan, prefiero ver a los desmovilizados en el capitolio, en un ejercicio político, peleando palabra en mano; y no en el monte, urdiendo masacres y secuestros. La respuesta es sí: prefiero que Colombia se haya ahorrado 3.000 muertos.

Ese es un tema y Ordóñez es otro.

Agradecería una explicación, distinta a que “a Ordóñez es mejor tenerlo lejos”, sobre por qué estaría bien que uno de nuestros máximos adalides de la exclusión y la discriminación fuera nuestro representante en la OEA (organización internacional creada, precisamente, para defender y promover el respeto y cumplimiento de los derechos humanos en el continente americano).

A Ordóñez el Consejo de Estado le anuló su segunda ronda de procurador porque se le comprobó haber ofrecido prebendas a familiares y amigos de quienes lo habían ternado. Eso, en buen romance, es corrupción; y no sobra recordar que, hace apenas nueve días, 11 millones de colombianos dijeron estar hastiados de ella.

Este mismo exprocurador tuvo un fuerte enfrentamiento con la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (órgano “principal y autónomo” creado por la OEA), cuando dicha Comisión le tumbó su decisión en el caso de la destitución de Gustavo Petro.

Ordóñez ha expresado, en todos los tonos, su animadversión contra la comunidad LGTBI, los derechos de las mujeres y las minorías; ha quemado libros y ha satanizado cuanto asomo de liberalidad pudiera vulnerar su coraza medieval. Él —como la canción del Puma— es “dueño de nada” y de sus barbaridades, y, como cualquier ciudadano, tiene derecho a expresar su “jurassidad” antediluviana. Pero, por favor, ¡que no lo haga a nombre de Colombia, ni en la OEA!

En poco menos de un mes, Iván Duque ha hecho cosas serias para demostrarnos que el presidente de Colombia nació en Bogotá el 1º de agosto del 76, y no en Medellín el 4 julio del 52. Bien por eso, y honestamente celebro la distancia que ha ido tomando de su mentor.

Por favor, presidente. Se lo pido con respeto: no cometa la contradicción de convocar —con una mano— la unión de los partidos, para deponer los odios y luchar contra la corrupción; y —con la otra mano— premiar la deshonestidad y la división, concediéndole a una de las cabezas más visibles en temas de segregación e irrespeto por las minorías un cargo diplomático ante al organismo que lidera “el diálogo multilateral y la integración de América”.

Presidente Duque: así como tuvo la entereza de rectificar en el caso de la señora Ortiz y la Unidad Nacional de Protección, sería un valiente grito de independencia asignarle otro oficio (o ninguno) a Ordóñez; y enviar a la OEA alguien para quien los derechos humanos no sean una blasfemia, sino una conquista y una expresión de dignidad y justicia. Gracias, presidente. No pierdo la esperanza.

ariasgloria@hotmail.com

También le puede interesar: "Ordóñez en la OEA: ¿A defender los DD.HH.?"

 

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