No podemos olvidar

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Ahora que se acerca el fin de la peor presidencia de la historia moderna de EE. UU., es importante estar atentos para que, con el paso del tiempo, no vayamos a cometer el mayor pecado de todos: olvidar lo que han sido estos últimos cuatro años de pésimo gobierno.

La verdad es que no podemos olvidar, y no lo haremos, tantos errores y tanta vileza, empezando con todas las promesas incumplidas desde la primera campaña electoral de Donald Trump. Presentaré voluntariamente mi declaración de impuestos, aseguró, cosa que ni siquiera ha hecho aún; limpiaré el pantano de Washington de oportunistas y cabilderos, cuando nunca se han visto tantos; pasaré en el Congreso un ambicioso proyecto de reforma estructural, lo que tampoco se hizo; reemplazaré Obamacare con una opción de salud superior, y aunque malgastó años tratando, inútilmente, de sepultar la exitosa reforma de Obama, nunca ofreció una alternativa, mucho menos una mejor.

Jamás olvidaremos estos cuatro años con el promedio inaudito de 15 mentiras diarias dichas por el presidente. Ni su propia corrupción y la de su familia. Ni su descaro de perfilarse como un líder del hombre común, mientras pasaba a empujones una reforma tributaria que enriqueció a los millonarios y recortó la asistencia social a miles de los más necesitados.

Nunca olvidaremos su manejo criminal de una pandemia que tuvo la fuerza de detener la economía mundial, negando, primero, la existencia del virus y diciendo que era una patraña política inventada por sus rivales, cuando después supimos que, durante todo ese tiempo, Trump estaba bien informado del peligro y de lo letal que era el COVID-19. Tampoco olvidaremos sus ideas de loco, totalmente irresponsables, al sugerir desinfectantes para combatir el virus. Miles de personas murieron siguiendo sus ocurrencias y seguro que muchos familiares de esas víctimas lo demandarán por homicidio. Y por supuesto que jamás olvidaremos los 360.000 muertos: gente inocente que falleció por culpa de la ceguera, ambición e ineptitud del presidente, y que en gran parte se habría salvado con un manejo más sensato de la pandemia.

Tampoco olvidaremos su racismo descarado. Sus elogios a neonazis y su actitud cómplice en el maltrato de afroamericanos, que hasta llevó a despertar un movimiento nacional de protesta. Jamás olvidaremos a tantas familias separadas en la frontera y niños metidos en jaulas. Ni sus palabras vulgares e irrespetuosas hacia las mujeres. Ni sus escándalos diarios, o su guerra a la libertad de expresión y al trabajo independiente de los medios de comunicación.

Nunca olvidaremos su actitud de mal perdedor. Su disposición a crear una crisis constitucional y erosionar la credibilidad de las instituciones, haciendo acusaciones falsas y sin pruebas de trampa y fraude electoral. Y mucho, mucho más.

Si creen que todo esto es obvio, que nada se olvidará jamás, piensen lo siguiente: EE.UU. intervino de manera decisiva en la Segunda Guerra Mundial y murieron miles de soldados gringos para derrotar el fascismo en el mundo. Sin embargo, sólo 71 años después, el país eligió democráticamente a un fascista y por poco lo reelige de nuevo. Es decir, si semejante lección se olvidó, lo que pasó en estos últimos cuatro años también se puede olvidar. Depende de cada uno de nosotros.

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