No queremos que hagan política con nosotros

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Desde hace muchos años, en Colombia venimos oyendo la frase: “esto ahora sí se acabó”. Cada vez que la escuchamos nos remitimos a todas las conversaciones de café o almuerzos donde alguien pasado de cafeína, o de alcohol, recurre a las mismas cinco palabras cuando los argumentos se agotan (eso sí, siempre con cualquier adjetivo adicional). Lo diferente esta vez es el significado que adquiere la oración. Cada palabra tiene un valor según el momento y el lugar de su uso. Los efectos de la evolución de las sociedades permiten que el verbo también cambie. Esa frase no significa que Colombia se terminó, sino que los problemas del país evolucionaron, luego los diagnósticos y las propias soluciones requieren urgentemente una nueva receta.

Cuando repiten esa expresión en estos momentos, el sentido se remite a entenderla como el fin de un ciclo donde para resolver los problemas nos acostumbramos a una especie de “padre estricto” (léase presidente) que se las sabe todas y con una orden resuelve por arte de magia todas las afugias sin importar su origen o consecuencias. Persiste el paradigma del mandatario sin límites en sus acciones. Pareciera continuar la percepción de que la única vía para encontrar un empleo es remitirse al directorio municipal de una agrupación para que un concejal, diputado, representante o senador, con sus manejos, pueda tranzar un puesto con réditos de cualquier índole. Gravita aún el periodo donde dos líderes de diferente catadura resolvieron la violencia partidista y formularon el Frente Nacional, con lo bueno y lo malo que esta receta nos dejó. Resuena el vilo que contuvo al país en espera de un editorial de un periódico para que, como consecuencia, cayera Ernesto Samper del poder. Zumban todavía los conciliábulos gremiales donde había una especie de “poder en la sombra” que con rejo definía si el país iba bien o mal en materia económica. ¡Ese es el país que se acabó!

César Gaviria logró que se hiciera el último pacto político real en el país por medio de una Asamblea Nacional Constituyente y tuvo que conciliar con el hecho de tener otras fuerzas en el campo político colombiano que al final conformaron el triunvirato en la presidencia de este importante foro. Es decir, el Partido Liberal no se acabó, pero se tuvo que adaptar al nuevo significado de hacer política en el país. Esa lectura que dieron los constituyentes a finales del siglo XX no acabó con las dificultades, ni con el país. Los reformularon y plantearon problemas inéditos, es decir, progresamos como nación.

Colombia está alerta y con los oídos bien abiertos esperando un discurso que enmarque los reclamos reales frente a la vida de hoy y a atender los rezagos ideológicos que con nostalgia y de forma vocinglera pretenden agentes desuetos retomar como bases de proyectos que acusan fatiga. El hombre es una tarea, no es pétreo. En esencia la pandemia nos permitió hacer un paréntesis y revaluar nuestro interior y exterior como ciudadanos. Vivirla en toda dimensión pareciera recordarnos que estábamos atrapados en un único estilo de gobierno. La salida a la crisis del COVID-19 a veces parece que fuera nuestro propio escape como individuos en una sociedad cada vez más inequívoca.

Franklin D. Roosevelt, en pleno debate sobre el futuro de su país y del mundo producto de la peor crisis económica y financiera del siglo XX que amenazó con llevarse todo por delante, dijo: “llevábamos sobre los hombros cargas especiales”. En estos momentos todos los habitantes del planeta tenemos la sobrecarga del coronavirus y lo único que no queremos es que practiquen la misma política con nosotros.

Es el turno de botar ideas, no de pedir por quién votar.

@pedroviverost

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