#YoAborté

No quise ser mamá por segunda vez y me decidí por mis sueños 

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Fui una madre adolescente. El reto de sacar adelante a un hijo sin siquiera haber terminado el colegio es duro, pero lo logré. Es un orgullo ser la mamá de ese maravilloso ser humano. Todo quedó en pausa. Mi vida académica se aplazó hasta que él entró al bachillerato. Lo mismo pasó con mi vida amorosa. No quise tener otra pareja “formal”, pues, como dicen por ahí, no me interesaba “ponerle otro papá”.

En ese momento, yo me creía con la autoridad moral de juzgar a las mujeres que abortaban. Claro, si yo había podido sacar adelante a mi hijo, no entendía por qué otras decidían abortar con argumentos como la edad, el dinero o el proyecto de vida.

A los 27 años tomé la decisión de retomar mis estudios y entrar, al fin, a la universidad. Justo un mes antes del inicio de clases, me tocó enfrentarme a un embarazo no deseado. Sí. Ahora era yo, una mujer con una buena situación económica, mucho más madura y a punto de entrar a estudiar, la que tenía que decidir.

Lo más difícil fue enfrentarme conmigo misma, con mis propios prejuicios. Empecé a sentir la cantidad de cambios hormonales en mi cuerpo, que me sirvieron como aviso. Si no tomaba una decisión en ese instante iba a volver a enfrentarme al mundo, con más herramientas, con más dinero, con más años, pero con la experiencia de todo lo que implicaba la maternidad.

Además, tuve que encarar a mi pareja de ese momento. Me vi obligada a escucharlo decir que no me convirtiera en asesina. Dijo que él le daría el apellido, como si un hijo sobreviviera a punta de apellidos y no de cuidados, alimentación, salud, educación y otras tantas cosas.

No fue fácil encontrar la fuerza para poner mi vida como prioridad, para sentirme capaz de decidir sobre mi cuerpo.

Aborté, les conté a un par de amigas. El hombre en cuestión me acompañó pero me dijo que no me iba a dar un peso. A los ocho días, cuando empecé a tener un sangrado y tuve que asistir a un segundo legrado, me dejó sola. Fui en mi carro. Ese día mis amigas tampoco estuvieron ahí. Me tragué mi necesidad de compañía, no le conté nada a nadie más. Sabía que me juzgarían pues en ese momento —esto pasó hace varios años— nadie hablaba de estos temas. Y yo temía estar haciendo algo ilegal.

No me arrepiento, pero pasé mucho tiempo sintiendo culpa. Luego descubrí que la culpa es un ancla al dolor del pasado, y que las mujeres necesitamos enterrar la culpa que nos han inculcado para no dejarnos decidir. Nadie aborta con gusto. Nadie quiere abortar. Es una última alternativa, como sucedió en mi caso. Hoy sé que haber encontrado la fuerza para decidir por mí misma, y no por lo demás, fue la mejor decisión que pude tomar.

A veces siento que no me imagino lo que hacen las mujeres que no pueden pagar un aborto, ¿a qué se exponen? Yo aborté. Y cada vez estoy más convencida de que el aborto debe ser legal, gratuito y seguro. También sé que entre más solitaria te encuentres, más difícil es abortar. Pero todas sabemos que no es fácil contarle alguien, porque la ley nos da la espalda, nos juzga tan duro, y pese a todo eso sacamos fuerza y seguimos adelante.

* Amelia es un seudónimo.

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La ilustración fue realizada por La Ché, síguela en Instagram.

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