No recoja los excrementos de su perro…

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En el bosque bendito del parque de la zona, hay un árbol de tronco formidable y ramas bajas. Solía haber a su lado una caneca de basura, pero el metal corroído no aguantó los años, se rompió y el municipio nunca la reemplazó. Algún prójimo servicial amarró al tronco un bidón de 20 litros para hacer las veces. Hoy, como siempre, estaba desbordado y alrededor del árbol y colgados de las ramas, como en una navidad adelantada, había una profusión de “regalitos” de colores: caca de perro empaquetada en bolsas plásticas, listas para perdurar trescientos años. ¡Gran legado!

El excremento de las mascotas es un problema serio en las ciudades. En París se recogen 16 toneladas de excrementos al año, y tiene solamente unos 150.000 perros domésticos. En Bogotá, cuatro de cada diez familias tiene perro (¡ah, con las fantasmagóricas cifras oficiales!), y dice el irrisorio último censo que la urbe alberga más de siete millones de habitantes. Otras fuentes hablan de cerca de cuatro millones de caninos en las casas del país, sin contar los animales callejeros. Échele usted números al caso y calcule lo que estamos arrojando a los rellenos sanitarios, finamente empacado. Si es que el dueño recoge, claro está.

Porque si bien es cierto que ya es un reto amaestrar al ciudadano para que recoja lo que su perro no puede hacer en el baño de la casa —y para evitar las serias amenazas a la salud pública que implican las bacterias y parásitos de las heces en el suelo— el problema para el planeta se agrava cuando estas toneladas de caca producida (no estoy hablando en absoluto del gobierno), van entre bolsas de polietileno indestructible.

En general las autoridades han tratado de pensar en el asunto de disponer del excremento. Hay normas en todos los códigos de policía del mundo y multas incluidas por no hacerlo. Pero, que se sepa, no hay regulaciones para que al reto de disponer de esa basura orgánica no se le añada el desastre de las bolsas plásticas. Si no fuera por la salud comunitaria, uno estaría tentado a hacer campaña para que no se recojan los desechos si el remedio es peor que la enfermedad, porque al fin y al cabo el excremento es parte del ciclo de la vida mientras que los productos petroquímicos son “buena vida” solo para los ricos dueños del planeta, que tienen el solar de nuestra Casa Común atiborrado con la escoria de sus productos ubicuos y nocivos. ¿En qué parte de la historia planetaria se estancaron los que manejan las políticas de producción y desecho de basuras? Porque sorprende que en algo cotidiano no hayan pensado en soluciones sostenibles, de las cuales no forman parte las “fake news” de que podemos reciclarle la bazofia a la industria del petróleo; no podemos.

Hay soluciones al problema, claro está. Una posible idea es educar para que se utilicen bolsas biodegradables, o periódico para recoger el mogote de “las pepas” digeridas por el perro y haya recipientes adecuados en las áreas urbanas, en las que habita el 80% de la población nacional, con sus mascotas. Y más allá, soluciones inteligentes de qué hacer con los residuos, como en algunas iniciativas sostenibles, y los desechos puedan convertirse en energía, o en abonos -ya que nuestras propias deyecciones, tan humanas, van por las cañerías a contaminar el agua de los ríos, con excepción de la China en donde se utiliza cabalmente-. En Colombia, por ejemplo, algunos empresarios han ideado el negocio de instalar en los edificios y conjuntos residenciales unos contenedores especiales para recolectar abono orgánico canino (tan orgánico como sea el concentrado elaborado por la multimillonaria industria del alimento de mascotas) con todo y bolsas de papel y tecnologías asequibles. Pero tienen un costo, adicional al que ya pagamos en los recibos de servicios públicos para la recolección de las basuras, y son privados, cuando es el municipio el responsable de compensarnos los impuestos con soluciones apropiadas a problemas obvios.

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