Por: Don Popo

No retroceder, no rendirse

Cada vez que escribo una columna, hay alguien de mi gente que me quiere matar.

Con la última, les molestó que haya humanizado a Vargas Lleras. Me llamaron vendido, arrodillado, domesticado. Igual, cuando humanicé a las Farc en una columna anterior, me llamaron “guerrillero hijuepxx”; y “paraco {)*&*&^*”, cuando hice lo mismo con los paramilitares.

Ahora que estoy recorriendo el país con el disfraz de político, no como artista, con un discurso de cambio, de transformación, de unión, curiosamente observo que algunas personas más que cambio quieren venganza, retaliación, revancha, empacada en un discurso de justicia; la del talión, “¡ojo por ojo!”.

Ahora resignifico más el proverbio bíblico de “poner la otra mejilla”, que no se refiere a golpéame nuevamente, revictimízame, sino al proceso interno, mental, emocional y espiritual de transformar la soberbia en humildad y perdonar con compasión, desafiando los límites de tu carácter, con valentía y dignidad para avanzar.

Estoy convencido y comprometido con la reconciliación. No sólo con el acto jurídico, inerte en el papel, sino con la práctica, hacer pedagogía hasta desarrollar el hábito, la costumbre de reconciliarnos / reencontrarnos. Con nuestras diferencias y contradicciones políticas, religiosas, sociales, económicas, con la memoria viva, sus dolores y pesares, y con nuestros intereses individuales sentarnos a la misma mesa los diferentes, en equidad, vernos al rostro, como seres humanos, con valoración, admiración y respeto, con entendimiento y compasión por el otro, conciliar de nuevo / reconciliar, para coexistir y convivir, para avanzar.

Cuánto no daría yo por ver una coalición de gobierno Vargas, Petro, Uribe, Timochenko, Clara, Claudia, Robledo, Fajardo, todos emergiendo desde la divergencia, concediendo y consensuando, “perdiendo un poco para ganar”; sin soberbia ni arrogancia, ni manipulación mediática basada en el odio y la cizaña, sin dogmas extremistas de izquierda o derecha; conscientes de la gran responsabilidad que tienen, de reconciliar a los colombianos, que estamos ad portas de un nuevo país, llenos de incertidumbres, sí, pero que el adentrarnos en la tormenta, remando en la misma barcaza, sólo puede ser para mejorar.

Ahora que estoy en la política, los artistas de mi generación me cuentan que se están envejeciendo y no tienen nada, ni casa, ni carro, ni beca, ni soñar con pensionarse por toda una vida de trabajo; se están muriendo y no están dejando nada a sus hijos, sin seguridad social, demandados por alimentos, encarcelados por el desespero; les encantan los discursos de clases, de derecha vs. izquierda, comunismo vs. capitalismo, odio a los opresores, pero me exigen utilizar las mismas prácticas desde que sea para ayudarles.

Al contrario los millennials, que les valen huevo los discursos y los dogmas, pues viven en un mundo reevolucionado, diversificado y transado por microculturas globalizadas, en donde más que las condiciones sociales lo que los une son las habilidades para ser felices y existir, sin importar su procedencia, con una sola exigencia: oportunidades para desarrollar su cosmovisión, y una sola claridad: el planeta debe prevalecer en equilibrio para nuestra pervivencia.

(¿A quién debemos responder?). La visita del papa Francisco a los jóvenes, y a los ya no tan jóvenes que estamos incursionando en política, nos ha colmado de una gran responsabilidad: llenarnos de valentía y de coraje para unificar las generaciones y los mundos, sacrificar nuestros deseos, aspiraciones y particularidades, para ser los siervos del cambio, enseñándonos a entender, amar y perdonar; así nos crucifiquen. No será fácil, pero ya dimos el primer paso, “Retroceder nunca, rendirnos jamás…”.

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