Por: Jaime Arocha

No retrocederemos

La Silla Vacía recogió el homenaje póstumo a Miguel Ángel Rodríguez, estudiante de la Universidad de los Andes muerto en un accidente en la carretera entre Quibdó y Medellín. Soñaba con hacer de su carrera, la economía, un medio idóneo para el verdadero desarrollo del afro-Pacífico. El artículo que Rodríguez tituló “Ser negro” trasluce un espíritu inconforme e insumiso que asocié con una de las consignas del último paro de Buenaventura: “Ni por el Bajo, ni por el Medio, ni por el putas retrocederemos”. Esta posición ante el futuro es generalizable a otros estudiantes negros, cuyas carreras no necesariamente dependen de lo que paga ser pilo, sino del rebusque. De ahí que ingresen a universidades cuyos programas académicos les permitan combinar estudio y trabajo, o tengan alguna trayectoria de “afroadmisiones” —mas no política expresa— gracias a la cual hay mínimas solidaridades y apoyos para quienes vienen ya sea del Chocó, Valle, Cauca o Nariño.

El filósofo Omar Prieto ha estudiado esta realidad y considera que las universidades Autónoma de Colombia, INCCA, Libre y Distrital se ajustan a ese perfil. En la Nacional se ha sostenido que una forma de acción afirmativa es el Programa Especial de Admisiones y Movilidad Académica, el cual lleva estudiantes de sedes como las de Tumaco y San Andrés hacia Bogotá. Sin embargo, ese traslado está lejos de consistir en una política de cuotas que derive en que la decana de las universidades colombianas refleje la composición demográfica del país y de esa manera supere el sistema de exclusiones raciales causante de la baja población afro en el campus.

Las entrevistas de Prieto a 43 estudiantes de la Autónoma muestran que cerca de un 10 % son personas desterradas de sus territorios ancestrales, testigos de atrocidades propias del conflicto armado que estamos en vías de superar. Gente que no habría salido de sus regiones si dentro de ellas existieran programas académicos apropiados al crecimiento personal y a la solución de las necesidades de sus comunidades; si minería, agroindustria y violencia no hubieran aniquilado los sistemas tradicionales de producción, y si no se hubieran presentado invasiones masivas de comerciantes, quienes apoyados por dineros del narcotráfico y de grupos armados han dado al traste con los tenderos tradicionales de puertos como Guapi. Ya en Bogotá, este alumnado tiene que hacer acopios significativos de fortaleza para enfrentar formas de racismo que no se les habían pasado por la mente, como el que compañeras y compañeros de clase rehúsen sentarse junto a la negra o al negro, no les dirijan la palabra, se nieguen a responder sus preguntas y no estén dispuestos a apoyarlos para superar sus dificultades de adaptación al medio metropolitano.

De esas estigmatizaciones no son víctimas los estudiantes indígenas, ingresados mediante los programas especiales que existen en universidades como la Nacional y el Externado. Por el contrario, hay alumnos y alumnas wayuú, cogui, misaj o nasa cuyos compañeros y profesores tratan y ven como representantes de invaluables ancestralidades ambientales, médicas, filosóficas o míticas. Sin duda, este desequilibrio fortalecerá las aspiraciones por una visibilidad dignificada ante la cual los estudiantes afro sí que se dirán que “ni por el putas retrocederemos”.

* Miembro fundador, Grupo de Estudios Afrocolombianos, Universidad Nacional.

 

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