Por: Beatriz Vanegas Athías

No sabemos nada, sabemos todo

Sabemos que Einstein fue el físico más popular del siglo XX con sus aportaciones a la teoría de la relatividad, pero conocemos poco sobre Mileva Maric, su esposa matemática a quien obligó a firmar un contrato humillante. Quemó sus cartas y jamás mencionó la aportación que ella hizo a su trabajo. Así se puede leer en la reciente novela de Nativel Preciado, El nobel y la corista, citada por Rosa Montero.

Crecimos generaciones de colombianos leyendo Platero y yo de Juan Ramón Jiménez, de quien tomaría el nombre el grupo de poesía colombiano en homenaje al autor español; sabemos del nobel de Literatura y muchos biógrafos afirman que “tuvo desavenencias” con su esposa de toda la vida, la escritora, pintora y traductora Zenobia Camprubí Aymar, pero conviene saber también que su vida al lado del misántropo y cochino escritor que poco se lavaba fue de posesiones y negaciones en tanto ella contribuyó notablemente a la edificación de su obra.

Sabemos mucho, no sabemos nada. Así estamos. Sabemos de la Generación Desencantada o Generación Poética del Frente Nacional, sabemos que la única mujer que estuvo allí fue María Mercedes Carranza: ¿No había más escritoras? No sabemos, aunque sí, que todo el canon poético y en general literario siempre tiene un faro que solo mira hacia Bogotá, Medellín y a veces el Caribe colombiano y Cali. ¿Dónde, las mujeres de los Nuevos? ¿Dónde, las de Mito? ¿Dónde, las de los Cavernícolas? Perdón, los Cuadernícolas. ¿Por qué ese canon escrito casi siempre por hombres cree que la enmienda es hacer un “anexo” para incluir, por ejemplo, a los etéreos autores nacidos en los 70 provenientes de muchas partes del país? Y luego salen a decir que son poco fiables las antologías que recogen voces sólo de mujeres.

Así en la poesía como en la politiquería. Las definiciones ocurren en Bogotá. Se me ocurre mencionar a un poeta nacido en los 50, grande, profundo. Tendríamos que hacer un licuado de mínimo diez escritores entronizados desde las nóminas estatales y la aristocracia poética para que por lo menos salga un brazo de Luis Mizar, poeta de Valledupar al que me refiero. ¿Por qué Meira Delmar y Emilia Ayarza no aparecieron incluidas en generación alguna? El rigor, el método de las investigaciones académicas podría ser una contra para que la divulgación sea más certera y menos amiguera. Pero temo ser pesimista la academia ocurre en un círculo cerrado que transita en las revistas especializadas incapaces a veces de permear a las editoriales.

Así en la poesía como en la politiquería. Las definiciones ocurren en Bogotá: entre las parrandas y los amiguismos que enceguecen a quienes detentan el poder. Me dirán que la escritura es un arte del solitario. Lo es. Pero es justo y necesario que llegue a todos como quería Walt Whitman; que se siente a la mesa como el pan, como clamaba Lorca. Pero, ya se sabe, los menos justos son aquellos que piden la justicia.

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