Por: Columnista invitado

“No se dejen robar la alegría y la esperanza”

Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*)

Esas fueron las primeras palabras que dijo en público el Papa Francisco en Colombia. Las pronunció al término de su largo recorrido en el papamóvil por la avenida El Dorado de Bogotá, cuando llegó a la sede de la Nunciatura, donde un grupo de jóvenes lo esperaba con cánticos y bailes para darle la bienvenida.

“No se dejen robar la alegría y la esperanza. Nunca pierdan la sonrisa”, insistió a estos muchachos que en algunos casos fueron habitantes de la calle, rehabilitados por programas del Estado o en organizaciones sociales como la del Padre Javier de Nicoló.

Pero, ¿qué quiso decir el pontífice con tan bella expresión que desde aquel momento ha sido transmitida, una y otra vez, por los medios informativos nacionales y extranjeros? ¿Quiénes, en verdad, les roban la alegría y la esperanza, e incluso la sonrisa, a nuestros niños y jóvenes? ¿Cuáles son, pues, los riesgos o peligros que ellos corren en tal sentido?

Intentemos dar algunas respuestas a esos interrogantes.

Contra el consumismo

El tema en cuestión fue abordado, durante una entrevista de CNN en español, por una teóloga y un sacerdote, quienes coincidieron en que la mayor amenaza a que el Papa se refería es el consumismo en boga, el cual reduce la alegría y la esperanza a la compra insaciable de cosas materiales y, por tanto, al dinero como fuente suprema de la felicidad.

Más aún, dicho comportamiento hace que las personas, nunca satisfechas con las compras permanentes que hacen, sufran de un vacío interior, perdiendo así finalmente su alegría y su esperanza. Las cosas materiales siempre nos dejan el alma hueca, mejor dicho.

Sin embargo, el consumismo -cabe anotar- tampoco está limitado a nuestros gastos y más gastos sin control en los centros comerciales, en artículos de moda, en salones de belleza y en todo aquello que mejore nuestra apariencia física, en joyas y otros lujos, etc. Significa, claro está, derroche de los muchos o pocos ingresos que poseemos y, por ende, tiene su origen último en el culto al dinero, nuevo Dios de los tiempos actuales.

Como es sabido, las terribles consecuencias de esta situación se viven a diario. Van desde la bancarrota y el endeudamiento exagerado, que tantos problemas causan a nivel personal y familiar, hasta la corrupción imperante, fruto por lo general del enriquecimiento ilícito y máxima expresión de la degradación humana.

¿Cómo puede haber -preguntemos de nuevo- alegría y esperanza en tales circunstancias? ¿La hay entre los criminales detenidos en las cárceles, con sus bienes incautados y la vergüenza que padecen, extendida a sus hijos? ¿O entre los gobernantes sin escrúpulos, con las manos sucias? ¿O entre los políticos que aprovechan su poder para obtener cuantiosas ganancias de sobornos por jugosos contratos oficiales?...

¡Tengan mucho cuidado, queridos niños y jóvenes!, parecía advertir el Papa mientras observaba, con su alegre y bondadosa sonrisa que nunca le falta, el bello espectáculo brindado en su honor a la puerta de la Nunciatura.

Los bienes espirituales

Por fortuna, el consumismo y el materialismo no llevan a nuestras gentes, en su mayoría, a incurrir en actividades delictivas, por fuera de la ley, ni nada parecido. Pero, tampoco sobran las citadas advertencias papales, sobre todo cuando de niños y jóvenes se trata. O aún para nosotros, aunque seamos adultos o estemos en la tercera edad. Ni siquiera pensar que lo nuestro es apenas “pecar un poco”, nada grave (o sea, un pecado venial), debe servirnos de consuelo, para tranquilizar la conciencia.

De otra parte, creemos que Francisco va más allá en sus apreciaciones. Para expresarlo sin rodeos, su mensaje implícito es que la alegría y la esperanza no provienen de los bienes materiales sino, por el contrario, de los bienes espirituales, encarnados por virtudes como la caridad o el amor, el perdón y la humildad, la compasión y el servicio, la oración y la pobreza de espíritu, según las ya milenarias enseñanzas de Jesús.

En definitiva, la fuente de la alegría y la esperanza -al decir del Papa y toda la Iglesia Católica que representa, pero también el cristianismo en general y las distintas religiones que hay en el mundo- no puede ser sino Dios, el Ser Supremo, Creador del universo y,  por consiguiente, de cada uno de nosotros, quienes le debemos la vida y, sobre todo, el fascinante e infinito mundo espiritual, donde se encuentra la felicidad que tanto anhelamos.

He ahí la síntesis por excelencia de su mensaje.

(*) Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua

 

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