Por: Andrés Hoyos

No se puede

"¿QUÉ PIENSA DE COLOMBIA?", PREguntan típicamente muchos periodistas al concluir las entrevistas concedidas por cualquier celebridad internacional de mediana intensidad. El personaje contesta la primera bobada que se le viene a la cabeza y el periodista se va contento: ha cumplido con el ritual del acomplejado.

 

Por obvias razones de orden piramidal, el complejo de inferioridad no está bien distribuido en el mundo. Estados Unidos, Francia, Alemania o China no lo padecen hoy, al menos no como un sentimiento colectivo. Los gringos, muy en particular, han sido víctimas del complejo contrario, el de superioridad, por lo menos desde que ganaron la Segunda Guerra Mundial y no dejan de cometer burradas basadas en él.

Los complejos forman un entramado social que se manifiesta de muy diversas formas, empezando por la animadversión dirigida a aquellos que no los padecen. A los que no tienen el de inferioridad les dicen “soberbios”, “igualados”, “arrogantes”, “locos” y demás. ¿Qué se ha creído éste, que aquí podemos compararnos con los suecos?, me increpaba alguien cuando yo sugerí que había lecciones muy válidas que se podían sacar de las economías socialdemócratas. Y así.

Un daño clásico que produce el complejo de inferioridad es su condición de profecía autocumplida. Piénsese en la madre que vive aterrada porque su niño va a ser vapuleado en el colegio y repite a diario la misma letanía. Ante la primera raspadura, lo protege como si se acabara de caer del tercer piso. Luego sucede lo obvio: el niño llega al colegio y le cascan de entrada. Porque se deja. Algo análogo sucedería si el senador Jorge Enrique Robledo tuviera que gestionar el comercio internacional de Colombia en un ambiente de competencia. Lo pulverizarían no ya los hipercompetitivos industriales chinos, sino incluso los averiados empresarios americanos.

Los complejos, por echar raíces en lo hondo de la psicología colectiva, tienen características paradójicas. Es así como el de inferioridad puede volverse vengativo y violento, o sea, expresarse en la crueldad solapada y en la gavilla contra los más débiles. Según Joseph Brodsky, eso fue lo que aconteció con los nazis y con los bolcheviques, que al criarse en sociedades con agudas crisis de defensas fueron como un tumor político que hizo metástasis.

Al plantear este tema, me gusta pensar en Fanny Mikey. Ella podía ser intempestiva, difícil y de tarde en tarde hasta arbitraria. No siempre escogía a sus colaboradores en forma óptima, pero nunca padeció del menor vestigio del complejo de inferioridad, lo que le permitió realizar grandes proyectos con mucho éxito. García Márquez es otro que decía: “Un escritor tiene que creerse el mejor escritor del mundo para llegar a ser el mejor escritor de su pueblo”, así que de acomplejado ni rastro. ¿Seguimos los ejemplos de Fanny y de Gabo o el de la madre timorata que termina por sacar a su hijo maltratado del colegio, causándole un daño para toda la vida? ¿Dejamos el comercio a los países que sí son capaces de competir?

La inferioridad existe, claro, y suele ser relativa, pero no tiene por qué derivar en un complejo colectivo. El tema es de gran importancia, y ya que entramos en territorios desacomplejados, yo me atrevo a afirmar que si no superamos el complejo de inferioridad no sólo no podremos ser campeones mundiales de nada que valga la pena, sino que nunca saldremos del subdesarrollo.

 

[email protected] @andrewholes

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