No somos policías

La guerra contra las drogas es una de las más trágicas que presencia el mundo este siglo. Destinada a perderse, perdida de antemano, persiste, empero, como la mayoría de las guerras, por motivos espurios: económicos y morales.

La guerra fundamentalista contra las drogas no disminuye su consumo en la población, pero aumenta sí, y de qué manera, la riqueza de quienes manejan el negocio, los narcotraficantes y los gobiernos que se lucran de sus coimas fabulosas. Los moralistas, por su parte, creen genuinamente que pueden imponer sus valores por la fuerza. En Colombia, como si fuera poco, y al mejor estilo soviético, se pretende hoy usar la ciencia como gendarme. Concretamente a inermes psicólogos y psiquiatras, que si nos prestamos a ese engendro represivo, habremos incurrido en la peor de las indignidades.

Si la policía interviene para establecer sobre el terreno criterios diagnósticos y terapéuticos complejos, como son los de la psiquiatría, comete coerción profesional. A mí, como psiquiatra, ni un policía ni un juez pueden decirme qué debo prescribir a un paciente en la intimidad de mi consultorio. Si un agente aprehende a un agitado, un drogadicto o a un suicida en la calle y lo lleva a mi presencia, soy yo quien determina si ese señor está enfermo, o no, y qué conducta médica, social o legal determinar. El internamiento es una decisión eminentemente ética y profesional que no puede pasar por encima de la libertad del ciudadano o de sus familiares. En la actualidad, si un psiquiatra interna a alguien contra su voluntad y sin sustentarlo ante la ley, comete delito de secuestro.

Llama la atención que ni las sociedades científicas ni los tribunales de ética profesional se hayan pronunciado públicamente sobre este proyecto de ley. Diversos periodistas y juristas, en cambio, han hecho público su repudio a esta satanización de usos culturales milenarios. Han expresado su rechazo al paternalismo de un estado que pretende imponer a ciudadanos adultos qué es bueno o malo moralmente en su vida privada. ¿Prohibir el consumo de comidas grasas por el daño que ocasionarán al corazón? ¿Establecer dosis personales de dulces y gaseosas por los estragos causados al páncreas? A los obesos que se matan comiendo de más ¿los enviarán a campos de concentración con trote en las frías madrugadas? ¿Qué hacer con las mujeres bulímicas y anoréxicas? ¿Y los hiperactivos obsesivos que se matan trabajando como el señor Presidente? Quienes nos embriagamos con whisky escuchando música con los amigos, ¿qué venimos a ser? ¿Criminales? ¿Cuál sería la dosis personal de sexo para quienes lo creen pecaminoso y nocivo?

En fin, es tan imbécil el contexto, que concluye en absurdo. Muchos marcharon ya en la fría capital con sus dosis personales de dignidad y protesta. ¿Qué vamos a hacer psiquiatras y psicólogos con la nuestra? Para comenzar, exigir de los políticos respeto. Que, por favor, no nos confundan con la policía.

 Rafael H Salamanca R. Bogotá.

Envíe sus cartas a [email protected].

Buscar columnista