No son nada

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Que 20 años no son nada, dice un tango. Parodiando la expresión, 30 años no son nada. Esto para reflexionar sobre el empate de la selección de Colombia con Alemania en el Mundial de 1990. Y no es simple cuestión de querer vivir del pasado para ocultar el presente. Ni más faltaba. Es para ilustrar a toda una generación que cumple por estos días 30 abriles y pudo palpar cómo fue aquel juego. Para muchos, todo se reducía a conocer un simple empate 1-1 en una cita mundialista. Ahora sí cuentan con más elementos de juicio.

Por supuesto que muchísima agua ha corrido por debajo del puente. Muchos cambios en formas de trabajo, alteraciones en el lenguaje futbolero y reglamentario. Sin embargo, el fútbol es más sencillo de lo que piensan sabios y alquimistas del juego. Solo se conocen dos maneras para jugarlo en cualquier torneo, aficionado o profesional: se juega bien o mal. Los buenos jugadores que cada generación tiene persisten no solamente en su importancia, sino que con unos tres de ellos se puede comenzar a organizar un equipo. Por supuesto, surgirán matices distintos en la forma de interpretar el juego. Allí justamente radica la sapiencia e inteligencia del director técnico: en poder armonizar y dar forma y figura al grupo.

La selección de 1990 contó con factores que jugaron a su favor. En el empate ante los germanos estuvieron ocho jugadores de Nacional: Higuita, Herrera, Perea, Escobar, Gildardo Gómez, Leonel, Barrabas Gómez y Fajardo. Resultó una ventaja palpable, porque tenían jugadas mecanizadas (como provocar el fuera de lugar) y movimientos memorizados: defensivos y de presión en zona media, gracias a la repetición de las mismas. A ellos se agregaron tres jugadores de gran nivel en ese momento: Rincón, Valderrama y la Gambeta Estrada.

Además, no rehuyeron a la confrontación con los alemanes ni mostraron temor ni cosa parecida. Incluso, a Leonel y Barrabas la tarjeta roja les fue perdonada porque respaldaban de cierta forma el juego fuerte recibido por el Pibe y Rincón. La solidaridad, sin aspavientos, se pudo palpar. Le pregunté esta semana a Pacho Maturana y a varios jugadores de ese partido cuál resultado había sido más importante: ¿el empate en el Mundial o el 5-0 en etapa de clasificación a Estados Unidos 94 ante Argentina? Todos se inclinaron por el 1-1 porque, como alguno de ellos dijo: “Era la graduación de nuestro fútbol”. Fue comenzar a conseguir elogios y titulares en el mundo del balón.

Ni esta selección del 90 ni las posteriores han conseguido el premio mayor. Lo único cierto es que siempre hubo buenos jugadores, desde Turrón Álvarez hasta hoy. Si a la nueva selección, que todos queremos ver en Catar con los buenos jugadores existentes, le agregamos el espíritu combativo, solidario y de amistad genuina del grupo del 90, podemos acariciar, o mejor aún, concretar el sueño.

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