No soy racista, pero…

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Por Jorge Emilio Sierra Montoya*

Yo estaba aún en la escuela, como a los siete años de edad, y durante el acto final del año escolar, con ceremonia especial a bordo, un artista invitado hizo las delicias del público cuando interpretó la canción que entonces era muy popular: “Pintor, que pintas iglesias, / píntame angelitos negros… / Que también se van al cielo / todos los negritos buenos…”. Al término de su presentación, los aplausos retumbaron en la vieja y enorme edificación de madera, la cual estuvo a punto de desplomarse.

Esa imagen quedó grabada en mi memoria, hasta el sol de hoy. Me impactó, en realidad. La letra de la canción, sobre todo. Me conmovía, sí, que los pintores sólo representaran ángeles blancos, rubios, de ojos azules, como a Dios, quien tampoco era negro, color que en cambio identificaba a los ángeles malos y al mismo demonio, asociado también a la noche, las sombras, la oscuridad y el pecado, nada menos.

Yo me solidarizaba, claro está, con los angelitos negros, quizás por mi inocencia, por carecer aún del uso de razón y cosas por el estilo. Pero poco tardé en abandonar tales creencias, sentimientos y actitudes, como a lo mejor les ha pasado también a otros niños.

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En efecto, nuestras familias, bastante aferradas dizque a su honda fe cristiana que proclama el amor al prójimo y la hermandad e igualdad de todos los hombres por ser hijos de Dios, nos prohibían tener —como ahora se dice, con el debido respeto— amigos “de color”; que una jovencita, a su vez, tuviera novio “moreno” era una vergüenza que se tornaba imperecedera de llegar al matrimonio, y a fin de cuentas ser negro era la peor condición humana, asociada al bajo nivel social, a robos y atracos en las calles, o a la prostitución que comenzaba por las empleadas del servicio doméstico, tratadas en muchos casos como esclavas.

“¡Y cuídese de los negros!”, nos advertían, para rematar diciendo con esa sabiduría popular, heredada de nuestros mayores: “Negro que no la hace a la entrada la hace a la salida!”. Nadie se atrevía a llevar la contraria, acaso por el riesgo de ser expulsado de la casa.

Con razón, el paso del tiempo fue afirmando la discriminación racial, sobre todo cuando uno asciende en la escala social, obtiene título de doctor en la universidad, ejerce un buen puesto, se codea con lo mejor de la sociedad y disfruta de bienestar económico, mundo en el que es preciso huir de los negros, como si fueran la peste. ¡Que no vayan a verme en público con alguno de ellos, por muy amigos que hayamos sido en la infancia o en la juventud!, le imploramos al cielo.

Hasta cuando uno es víctima, no victimario, de la discriminación. Como fue mi caso personal en Alemania, durante mi primer viaje a Europa. En un grupo de amigos, invitados de América Latina por el gobierno germano, soportamos las burlas públicas de numerosos jóvenes por nuestras “pintas”, la apariencia física, no ser tan blancos ni altos ni imponentes como ellos, y porque ni siquiera entendíamos lo que nos decían en medio de sus ruidosas carcajadas. Nos sentimos, en fin, como la peor especie del planeta, ultrajados, maltratados…, ¡como negros!

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Algún día, por fortuna, tuve la oportunidad de vengarme o, al menos, sacarme la espina. Ya habían transcurrido varios años de tan lamentable experiencia en Berlín, pero no la olvidaba y más bien la tuve muy presente cuando departía con algún diplomático alemán en Cartagena, tras asistir ambos a un importante foro internacional.

Le conté lo ocurrido, naturalmente en actitud crítica, condenatoria, a la espera con seguridad de que él, en nombre de su pueblo, me pidiera disculpas por tantas muestras de incultura, falta de respeto, flagrante violación de los derechos humanos, espíritu antidemocrático, etc.

Me escuchó con atención, sorprendido. Y fue solidario con mi indignación, como era de esperarse. Sólo que observó, a continuación, que él también se sorprendía a diario por tanta discriminación social, política, económica y sobre todo racial en América Latina, según le constaba —dijo, sin titubeos— en su larga carrera diplomática por nuestros países del Sur, desde México hasta La Patagonia.

Guardé silencio, con respeto. Y por un momento pensé en los angelitos negros que nunca vi de niño pintados en la iglesia, en las palabras y advertencias de los abuelos, en las amistades actuales “sin mancha” y en las familias que todavía cuidan, por lo visto, la pureza de raza, como si fuéramos caballos de paso, listos para exhibir y vender en la feria equina.

De nuevo sentí vergüenza, pero por motivos distintos.

* Escritor y periodista. Miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua.

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