Por: Ignacio Zuleta

No tan bacanas bacantes

Las mujeres en el mundo están tomando más alcohol que hace unos años y las adolescentes empiezan cada vez más jóvenes a tener sus primeras borracheras. El fenómeno en Colombia ya es preocupación para los padres y los educadores.

Cuando una niña de 13 usa tampones vaginales empapados en alcohol para salir de fiesta, algo no funciona.

Desde la prehistoria las mujeres han consumido bebidas fermentadas. Aquí mismo, por no mencionar las fiestas de las ebrias bacantes en los bosques griegos, nuestras indígenas y campesinas no se han privado nunca de sus chichas y cervezas, y las mujeres de la época del rock bebían y beben sin escrúpulos mayores. Pero no comenzaban tan temprano. No quisiera moralizar al respecto del alcohol, pero tomo nota del cambio en las costumbres. Una niña de clase media, de colegio bilingüe, por poner un ejemplo, comienza sus pruebas con el alcohol cuando está en sus 12 o 13 años. La cultura norteamericana que esta chica absorbe por los medios le muestra que es normal que los grupos de amigos y los pequeños ídolos de su edad tengan sesiones de binge drinking: tomarse muchos tragos para borrarse del planeta y no unos cuantos para pasar sabroso y bien libados.

Ninguna diferencia con el modo machista colombiano de tomar alcohol: aquí no se toma más que en otras partes, pero la costumbre es beber hasta caerse, rápido, competido y a lo bestia. No bebemos más que los franceses, pero bebemos más rápido y no nos gusta comer cuando bebemos.

Se entiende que en esa edad adolescente, hombres y mujeres toman especialmente para tener un grupo de compinches, de amigos con los cuales divertirse y desinhibirse. He ahí el problema, porque las inhibiciones cumplen también un papel protector al evitar, por ejemplo, los embarazos precoces por alcohol, que no son un regalo del cielo a esa edad, en este país huérfano de padre y consagrado a las madres cabeza de familia.

Dados los riesgos de que haya desórdenes cognoscitivos y a veces daño cerebral irreversible por causa de la intoxicación alcohólica (especialmente antes de terminar el crecimiento biológico a los 21 años) hay que enfrentar el asunto y darle soluciones. Aunque señalaba la relación entre mujeres y alcohol, el problema es el mismo en ambos géneros. Si le sumamos estadísticas tremendas, como las que asocian suicidio adolescente con alcohol, o bien las tasas de accidentalidad en carretera o las riñas y el bajo rendimiento escolar, la cosa adquiere el cariz de un problema social. Los profesores en general piensan —y con razón— que el manejo del problema debe hacerse prioritariamente en la familia, si la hay. No se trata de reprimir y castigar, sino de educar en la utilización de una droga permitida que acarrea más daños que otras llamadas drogas duras. Si el alcohol está en la humanidad para quedarse, hay que enseñarles a nuestros jóvenes cómo manejar esta licencia y abrirles los ojos sobre el alcoholismo y sus usualmente dolorosas consecuencias. A medida que aumentan las tensiones de la civilización por ganarse la vida y mientras los fantasmas del apocalipsis planean por sobre la cabeza, la necesidad natural de escaparse tiende a incrementarse. Una educación familiar cariñosa y cercana, y un cultivo de las conexiones espirituales ayudarían a prevenir la pérdida de una generación vulnerable que hasta ahora está rompiendo el cascarón.

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