Por: Reinaldo Spitaletta

¿No te huele a podrido?

No sé si lo sentís de esa manera, pero hay una vaharada de putrefacción en el país.

Pensaría cualquiera que hasta bueno y sintomático, porque las sociedades, a diferencia de los humanos, primero se pudren y después se mueren. El asunto es que este sistema de desgracias e inequidades no está en agonía, sino más bien, en reconstrucción y reforzamiento de bases para que el reino y su rey sigan a perpetuidad.

El olor, como pasa en un cuento de Faulkner, sale de una casa que está en aparente decadencia y no basta con que vamos a regarle cal en los zócalos. No sé si lo sentís así, pero no es de extrañar, digamos, que los hijos del presidente, negociantes de alcurnia, aprovechen la posición de su papá para acrecentar su sapiencia de comerciantes. Es la cultura del poder, sobre todo en Colombia, donde padres y delfines, han aprovechado al Estado en beneficio propio.

Pasó en los tiempos de la Handel, también en los de la carretera La Libertad. No sé si lo apreciás así, pero nos acostumbramos a la podredumbre. Perdimos el olfato. Nos prepararon para la sumisión y la complicidad. Se dirá: los de arriba pueden hacer lo que les dé la gana. Para qué rebelarnos, si al fin de cuentas aquí no pasa nada.

Qué importa, por ejemplo, que en una semana asesinen a un periodista, hieran a otro, y asalten en Tulúa a Álvarez Gardeazábal. O que cada día se sepa que el DAS, ese que dirigió una vez un “buen muchacho”, tiene listas negras, chuza teléfonos de magistrados, hace seguimientos a opositores, monte espionaje a aquellos que son considerados incómodos o no pertenecen al redil. Hace parte de la “normalidad” de un régimen, presidido por una “inteligencia superior”.

Qué importa, por ejemplo, si la Comisión Primera de la Cámara, en el caso del referendo del agua, aprobó un texto contrario a la iniciativa ciudadana. Las denuncias al respecto dicen que se alteró en esencia el contenido del mismo. Se eliminó la consagración del derecho fundamental al agua potable. Se sustrajo el reconocimiento del agua como bien común y público. Se quitó la prohibición de privatizar la gestión del agua y del servicio de acueducto y alcantarillado, sin ánimo de lucro. Mejor dicho: se irrespetó la propuesta popular.

Lo más atractivo, según las denuncias, es que las modificaciones arbitrarias se acordaron en la Casa de Nariño entre el Presidente y su bancada. Además, se le filtró un “mico” (o un elefante) al texto original: volver constitucional que “las aguas que nacen y mueren en la misma heredad”, son privadas. No sé si lo considerás así, pero esto significa, entre otros asuntos, que el principio de que todas las aguas son bienes de uso público, lo volvieron trizas.

Y después, desde la Casa de Nariño (o de “Nari”), se grita que sea el pueblo el que decida sobre el referendo del agua. Claro, cuando ya se le trastocó el contenido y se adaptó para defender intereses privados. Nada raro en este país sometido a tantas ferias, engaños y dizque “profundizaciones” de la democracia.

No sé si lo mirás así, pero no será extraño que a este referendo espurio le adhieran el referendo reeleccionista, sin tocarle ni una letra, claro. Y todos tan contentos. O sea, que ya va siendo hora de recordar la “hecatombe”, aquella que pronosticó el profeta para aspirar a quedarse en el poder hasta el final de los tiempos.

Y la hecatombe –no sé si estarás de acuerdo- la viven los despedidos de las empresas, los desplazados, los desempleados, los que no atienden en los hospitales y clínicas, los destechados, los olvidados de las bienaventuranzas. Pero qué importan todos ellos, si el día que despierten (despertemos) el Mesías estará ahí, como el dinosaurio del cuento.

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