Por: Ernesto Yamhure

No tengas miedo

POR SUPUESTO QUE EL TÍTULO DE esta columna no es un mensaje para el hombre fuerte de Anncol —que entre otras cosas es mi verdugo— y que enhorabuena está confinado en una cárcel colombiana por cuenta de los delitos que nuestra justicia le imputa.

Concentrémonos en el asunto que regocija al mundo entero: la beatificación de Juan Pablo II el próximo 1° de mayo.

Estoy terminando de leer el libro Por qué es santo, el verdadero Juan Pablo II, cuyo autor es el postulador de la causa de beatificación del Papa polaco, monseñor Slawomir Oder.

Se trata de una envolvente colección de episodios de piedad y bondad del, sin lugar a dudas, hombre más significativo del siglo XX. El día de la muerte causada por un feroz Parkinson, el pueblo adolorido por su partida demandaba que fuera elevado a los Altares: ¡Santo ya!, aclamaban los fieles.

Fue un gran Papa al que le correspondió, en forma, enfrentar la nueva realidad de la Iglesia luego de la Concilio Vaticano II, cuando muchos sacerdotes cayeron en tentaciones non sanctas, como por ejemplo la célebre teología de la liberación.

Llevó un mensaje de esperanza a su pueblo, oprimido por la más absurda de las tiranías. Polonia, un país con profundísimas raíces católicas, encontró en Juan Pablo II el camino para la liberación del yugo comunista.

Pasadas muy pocas semanas de su elección como Sumo Pontífice y contradiciendo las recomendaciones de su secretario de Estado, decidió visitar a su pueblo. Ajeno a cualquier temor, invitó a sus conciudadanos a no tenerle temor al régimen oprobioso que los asfixiaba.

El Partido Comunista polaco siempre tuvo miedo de Karol Wojtyla. Siendo obispo de Cracovia, lo siguieron hasta el extremo absurdo de poner grabadoras en el confesionario desde el que oía los pecados de sus fieles. Buscaron hasta con desespero alguna prueba que les permitiera acabarlo; nunca la encontraron.

Por eso, su elección como cabeza de la Iglesia Católica se convirtió para ellos en un colosal desafío. Juan Pablo II era su enemigo.

La KGB sacó de una cárcel en Turquía a Ali Agka, un pistolero famoso por su buena puntería. Era el hombre ideal para acabar con la vida del principal rival del comunismo.

Planearon detalladamente el atentado. El sicario hizo su tarea. Creyó que el balazo ultimaría fulminantemente a su víctima. Pero la Divina Providencia jugó a favor de Juan Pablo II: resulta que el atentado fue perpetrado un 13 de mayo, día de la Virgen de Fátima, de la que él era ferviente devoto. Los médicos que lo atendieron alcanzaron a pedir que le impusieran la extremaunción, pues médicamente no había nada que hacer. Siempre se ha afirmado que el poder sempiterno de la madre de Jesús es el responsable único de su salvación.

Una de sus grandes obsesiones durante los 26 años que duró su pontificado fue la defensa de la vida sobre todas las cosas. Se opuso al aborto, porque privilegiaba los derechos del niño en gestación. Repitió hasta la saciedad aquello de que la vida comienza en el mismo instante de la gestación.

En Colombia, el Partido Conservador está liderando un proyecto de acto legislativo para evitar a toda costa la comisión de abortos. Es una maravillosa oportunidad para que nuestro país le rinda un homenaje a la memoria de Juan Pablo II, aprobando dicha iniciativa. A los legisladores le diría, tomando las palabras del próximo beato, que no tengan miedo a la hora de votar favorablemente ese texto constitucional.

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