Por: Esteban Carlos Mejía

No todas son iguales

ISABEL BARRAGÁN SE VISTE EN CONtravía: Medellín resplandece de azul y de brisa, y ella se tapa de pies a cabeza con un traje de lana… mera marca italiana. Parece una reina de belleza en un coctel de beneficencia.

“Eh, ave María, qué descache el suyo”, dice con displicencia. Se refiere, claro, a mis reinas de belleza: Odette de Crécy, Clawdia Chauchat, Molly Bloom, Susana Sanjuán, Remedios, la bella y/o la joven Pérez Nuix. La emprende a taconazos con la rubensiana Molly Bloom.

En Ulises, la excéntrica novela de James Joyce, el protagonista Leopold Bloom, de 38 años, agente publicitario del periódico Freeman, está casado con Marion (Molly), de 34 años, cantante profesional. Son un matrimonio bien avenido: durante 10 años, 5 meses y 18 días su comercio carnal ha sido incompleto y el comercio mental no ha tenido lugar desde la consumación de la pubertad. “De ella lo que más resalta son sus ‘grandes tetas blandas en pendiente dentro del camisón como las ubres de una cabra’ y sus ojos burlones”, ironiza Isabel. “Además, es medio ignorante. Mejor dicho, bruta del todo. No sabe qué quiere decir la palabra metempsicosis. Ni siquiera es capaz de pronunciarla. ¿A usted cómo le puede gustar semejante vaca?”. No me complico la vida. Su monólogo interior al final del libro es impecable. “Ejemplo insuperado de corriente de conciencia, de palabra interior”, digo. “Y cómo me besó al pie de la muralla mora y yo pensé bueno igual da él que otro y luego le pedí con los ojos que lo volviera a pedir sí y entonces me pidió si quería yo decir sí mi flor de la montaña y primero le rodeé con los brazos sí y le atraje encima de mí para que él me pudiera sentir los pechos todos perfume sí y el corazón le corría como loco y sí dije sí quiero Sí”. “No está mal”, replica Isabel y pasa a despotricar de Susana Sanjuán.

“Fuerza de la carne, deseo irresistible”, digo en su defensa. “Se enamoró, pues”, refunfuña. “Esa infeliz no es más que otra víctima del machismo de Pedro Páramo”. “Así no vamos a poder”, le contesto. “Y eso que se le olvidó hablar de la sinvergüenza esa de Cortázar, la Maga, en Rayuela”, retaca. Se me vuela el bloque. “La Maga es la ensoñación y la metáfora de metáforas y el non plus ultra”. “Pura palabrería post adolescente”, dice. “Madure, mijo”. Respira con dificultad, agobiada por el vestido. “¿Y la reina de Borges?”, pregunta, capciosa. “¿María Kodama?”, me confundo. “No, por Dios, ¿cómo se le ocurre? De las muchas mujeres de Borges, la reina es Matilde Urbach”. Hago un esfuerzo de memoria y logro declamar los versos de Le regret d’Héraclite: “Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca / Aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach”. “¿Sí ve?”, dice Isabel y se sonríe bien churra, plena.

Rabito de paja. ¿Será que Uribe, con las bases gringas, está intentando comprar el permiso de Obama para la segunda reelección?

 Rabillo de paja. “Aproximándose a grandes pasos el protectorado americano sobre Colombia, los hombres que hoy tienen en sus manos la suerte del país lo pactarán, tendrán su usufructo y serán los responsables únicos y exclusivos de que Colombia, como Estado soberano e independiente, haya existido por sólo un siglo”. Enrique Olaya Herrera, en 1919.

 

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