Por: Santiago Montenegro

No todos somos culpables

En Colombia existe una larga tradición de culpabilizar a toda la sociedad por los crímenes que cometen unos pocos. En el año 2000, cuando cerca de Chiquinquirá un grupo de las Farc asesinó con un collar bomba a la señora Elvia Cortés, un destacado columnista escribió que todos los colombianos la matamos.

Hace pocos días, otro gran escritor argumentó que a Jorge Eliécer Gaitán lo asesinó toda la sociedad y uno de nuestros más nobles dirigentes políticos y cívicos afirmó que todos somos culpables de que “nos sigamos matando”, ya sea por acción o por omisión.

No niego, por supuesto, las mejores y más nobles intenciones cuando se hacen estas afirmaciones. Pero ellas están equivocadas porque, simplemente, no son fácticamente ciertas. A Gaitán y a doña Elvia Cortés y a tantos otros, no los matamos todos. Tampoco, la gran mayoría de los colombianos somos responsables, ni por acción ni por omisión, de las masacres o de los falsos positivos.

Estas afirmaciones son peligrosas, porque pueden atentar contra fundamentos básicos de la justicia y del pensamiento moderno, precisamente los que dieron lugar al humanismo moderno y a la defensa de los derechos fundamentales, que están incorporados en nuestra Constitución y en nuestro ordenamiento jurídico, principios que no dudo quieren defender con toda sinceridad quienes realizan estas afirmaciones.

Porque, cuando se afirma que todos somos culpables, en alguna medida se cuestiona la concepción del individuo en que se basan, precisamente, el Estado democrático liberal y la justicia que nos rige, una noción que asume que el ser humano es un sujeto conciente, autónomo, que actúa con base en normas que es capaz de dictar esperando que sean de validez universal y considerando a los otros seres humanos como sujetos concientes y como fines en si mismos. De esta forma, cuando se dice que todos somos culpables, se cuestiona la idea no sólo de que todos tenemos derechos individuales, sino, muy especialmente, que tenemos también deberes y responsabilidades individuales y, por lo tanto, que debemos dar cuenta de nuestros actos.

No es vano recordar que esas ideas son relativamente nuevas, pues tienen poco más de dos siglos. Pero, también es cierto que desde la más remota antigüedad del pensamiento griego sonó una tenue melodía que resaltó y destacó el papel y la finalidad del individuo, como sujeto valioso y diferente a la tribu o la sociedad. Y, quizá, importante para un país como Colombia, esa melodía comenzó a sonar más fuerte con el advenimiento del cristianismo, que argumentó no solo que la salvación —y la condenación— es individual, sino proclamó la caridad o el amor desinteresado al prójimo, basado en la conciencia de su individualidad.

Cuando se argumenta, entonces, que no todos los colombianos somos responsables de los crímenes que cometen unos pocos y que estos deben responder por sus actos, tampoco se argumenta que no pueda haber una justicia transicional en un proceso de paz. Pero, precisamente porque tenemos la obligación de partir del supuesto fundamental de que son humanos quienes han perpetrado esos actos atroces, y no seres inferiores o bestias, debemos exigirles su responsabilidad individual y perdón a sus víctimas. Cuando todos son culpables, nadie es culpable. Pero tampoco nadie vale y cualquier persona puede ser sacrificada por el bien superior de la manada, de la tribu o del Estado.

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