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hace 21 mins
Por: Rodolfo Arango

No uses mi nombre en vano

LA RELIGIÓN ES UN ASUNTO TAN SErio, que no debería dejarse en manos –y menos en boca– de los políticos. Por eso aterra ver que el presidente ordene rezar Aves Marías y Padres Nuestros a funcionarios públicos por televisión, tal como sucedió cuando informó sobre el intrépido rescate de los secuestrados.

También indigna que exhiba públicamente sus creencias religiosas cuando su deber constitucional es representar la unidad de todos los colombianos, sean estos creyentes o no creyentes. Con justificada razón advierte la senadora Alexandra Moreno Piraquive –líder de un movimiento cristiano no católico– que religión y política son cosas distintas que no deben confundirse. Todo indica que se le llenó la copa a la senadora, ya que en el pasado nada le impidió invitar al presidente-candidato al Coliseo ‘El Campín’ para respaldarlo ante su congregación de fieles. Presidente y Senadora abusan de la religión al utilizarla con fines políticos.

Las escrituras relatan el disgusto de Cristo por el uso en vano del nombre de Dios. El pasaje de los fariseos enseña que más vale el comportamiento silencioso y sincero que el exhibicionismo religioso. Quien usa el nombre de Dios para acceder o permanecer en el poder obtiene ventajas apreciables sobre quienes renuncian a manipular las esperanzas y los temores de la población por respeto a sus creencias. Algo similar le sucede al candidato Obama. Es estigmatizado públicamente como musulmán por los republicanos, pese a su íntima pero privada fe cristiana. Se transita así del fair play a la guerra sucia en la campaña electoral.

Mucho le falta progresar a nuestro premoderno país en materia de cultura política. La inconveniente cercanía de la Iglesia Católica al poder ha contribuido al retraso del pensamiento republicano y al uso de la religión con fines electorales. No lejanas están las épocas de la violencia política colombiana donde desde los púlpitos se alentaba a los fieles a eliminar al enemigo.

La superación de las guerras religiosas en otras latitudes fue posible gracias a la aceptación de un acuerdo constitucional en torno a principios fundamentales compartidos por todos con independencia de sus creencias y de sus convicciones religiosas. La separación entre Iglesia y Estado es uno de esos principios. La convivencia pacífica en una sociedad pluralista se asegura por el respeto mutuo a principios universales, así como por la exigencia general a los ciudadanos de traducir sus convicciones religiosas en razones públicas aceptables por todos.

En nada contribuye a la construcción de la paz retornar a un Estado confesional. La mentalidad de cruzado, que justifica los medios para alcanzar el fin supremo, es contraria a los deberes republicanos de respeto a la diferencia, de control al poder y de participación activa de ciudadanos plenos. Tampoco ayuda a la lucha contra la pobreza atribuir el retraso social a la voluntad divina o a un ‘presunto enemigo’.

La pretensión presidencial de gastar si se requiere el presupuesto nacional en recompensas para acabar con la guerrilla solo puede ser explicada por su pensamiento fundamentalista, ajeno a las necesidades de la población, a la descomposición social y a las realidades empíricas (millones de desplazados; aumento de plantaciones de coca; resurgimiento de paramilitares; desborde de la inflación; crecimiento del desempleo). No será el totalitarismo del pensamiento integrista y militarista que comparten tanto el gobierno como la guerrilla, sino la superación de la desigualdad, de la apatía, de la violencia oficial o extraoficial y de la pobreza mediante el uso de la inteligencia, lo que nos permitirá salir del baño de sangre en que vivimos, ocultado y maquillado por los medios de comunicación a punta de fútbol y reinados de belleza.

 

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