Por: Daniel García-Peña

No vino Trump (menos mal)

Se suponía que antier Trump debería haber venido de visita a Colombia, pero canceló a última hora. Se disculpó por tener que estar supervisando los ataques a Siria. Pero se la pasó tuiteando barbaridades en contra del exjefe del FBI por su nuevo libro, donde lo equipara a un jefe mafioso, furioso también por el allanamiento de las oficinas de su abogado privado, quien le había hecho el favor de pagarle miles de dólares a una actriz porno para callarla por su supuesta relación con el presidente.

El show de Trump lleva no sé cuántos episodios desde que se estrenó hace ya 15 meses. Cada semana es más escandaloso que la anterior.

En Colombia, su elección generó mucha expectativa para la derecha, al ver a uno de los suyos en la Casa Blanca. Recordemos que el binomio Pastrana-Uribe se lagarteó unas entradas al resort de Trump, donde pudieron acercarse para saludarlo, pero ni siquiera lograron tomarse una selfie. Sin embargo, tuvieron la desfachatez de publicitarlo como una reunión “muy importante”. Como mucho bajo la era Trump, la “Cumbre de Mar-a-Lago” fue un asunto puramente mediático, sin efecto alguno sobre las relaciones entre Colombia y Estados Unidos.

Que Santos sea un castrochavista es un cuento que puede que se lo crean los uribistas en Colombia, pero en Washington nadie lo compra. Todo lo contrario, Santos ha logrado posicionarse hábilmente, reafirmando a Colombia como el aliado históricamente más leal a EE. UU., de un alto valor estratégico en estos tiempos, dada la preponderancia de la crisis venezolana en la agenda interamericana.

Pese a los anuncios por parte de Trump de recortar gastos, en la práctica no ha sido posible ponerse de acuerdo con el Congreso de mayoría republicana para aprobar un presupuesto. Por tanto, para evitar el cierre del gobierno, se han visto obligados a acudir a las llamadas continuing resolutions, que en la práctica son unas prórrogas, por unos meses, del presupuesto anterior, incluyendo los 450 millones de dólares que Obama prometió para lo que en ese entonces llamaron Paz Colombia y que hoy, ante tanta irregularidad, habrá que averiguar en qué van.

El aumento de los cultivos de coca en Colombia en algún momento prendió alarmas en Washington y generó fricciones entre los gobiernos. Sin duda, se ha incrementado la presión de EE.UU. a favor de la erradicación forzada, en contravía de la sustitución voluntaria pactada en La Habana, que ha contribuido a las profundas contradicciones en la política estatal, con los trágicos resultados de Tumaco del año pasado.

El problema no es solo Trump, sino la política exterior de EE.UU. en su conjunto, una amalgama de aparatos burocráticos que tienen un desarrollo institucional propio y avanzan en el cumplimiento de sus respectivas tareas, como lo vimos en estos días con la DEA en el caso de Santrich.

Lo cierto es que Colombia aún no está en el radar principal de Trump, focalizado hacia Rusia, China, Corea del Norte, si acaso México y ahora Siria. Afortunadamente. Pero eso puede cambiar de un momento a otro. Cualquier cosa es posible con Trump.

Más aún con el nuevo elenco de halcones de la era Bush-Cheney como John Bolton, nuevo asesor de seguridad nacional, que han entrado al primer círculo de su gobierno. Pareciera que el neoaislacionismo, central en su discurso de America First, ha llegado a su fin o, al menos, está en receso. Siria podría ser sólo el primer escenario de una remilitarización mayor de la política exterior.

Hay quienes dijeron que la no-visita de Trump a Colombia fue una bofetada al país. Para nada. Estuvimos de buenas.

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