Por: Arturo Guerrero

Noche de granizo y huellas

¿Cómo caminar sobre el granizo? Es imposible. Al transeúnte le ocurre lo que a los caballos de la policía durante los años tremendos. En los alrededores de la Nacho, cuando había pedrea, se esparcían canicas sobre el asfalto y estos animales bufaban, trastabillaban. Era una de las formas combinadas de lucha estudiantil.

El secreto para evitar un trastazo es no ser el primero en atravesar el manto blanco de cristales. Esperar que otros, incautos o afanados, hayan limpiado con sus suelas un rastro. Así se forman caminitos, brechas que uno aprovecha para pisar geométricamente sobre el molde liberado.

Hay tramos vírgenes, por supuesto, en los que uno es Cristóbal Colón sobre el tapiz de bolas de cristal caídas del absoluto sobre el andén. Entonces no sirve el truco, es preciso arrojarse al asfalto confiando en que los carros no sean asesinos. Así se avanza unos metros hasta que otras huellas señalan un tramo seguro.

Esta es la primera enseñanza del aguacero de anoche en Bogotá, nunca antes visto desde Jiménez de Quesada. Claro, lo elemental sería resguardarse en la casa o lugar de trabajo hasta cuando se derritan los centímetros de piedras congeladas. Pero no siempre se puede. Suele coincidir la avalancha con un compromiso perentorio. Y hay que abrazar el destino.

Al llegar al Gimnasio Moderno, donde se presenta el libro El mundo según el papa Francisco de Bill Carrascal Carrascal —no, no es un seudónimo—, se van aglomerando los sobrevivientes. El Teatrino de don Oz —este tal vez es seudónimo— colapsa por agua y nieve.

La biblioteca infantil, su sustituto, semicolapsa a continuación. El techo se desgonza en desbarajuste de fierros y placas que lo asemeja a una instalación de arte contemporáneo. ¿Doris Salcedo colgando una de las suyas? Qué va, es apenas un sueño de una noche de invierno.

Gustavo Mauricio García, editor de Ícono, puja por salvar el acto mientras tirita al lado de los prados de fútbol que humean como una nevera abierta. La escena es como para Tarkovski. Bajo el firmamento agujereado no hay un techo para estos desplazados. Nada qué hacer, se aplaza el lanzamiento.

Los concurrentes, frustrados y náufragos, cavilan sobre cómo regresar a casa. Las piedras rodantes inmaculadas no se derretirán hasta el día siguiente. Cada uno guarda un espanto. Que en la 76 con 11 la tierra engulló un bus. Que una señora cayó y creyó mansamente no haberse roto una costilla ni una uña. Que los carros gimen por cadenas en las llantas para no patinar.

Alguien alumbra una idea caliente: tengo sopa de lentejas en el apartamento, cada cual llegue como pueda, es cerca. Una ventaja: la lección número uno está aprendida, para caminar sobre el granizo hay que buscar la huella. No ser el primero, formar equipo con quienes despejaron los desastres del cielo.

Por fortuna el regreso se hace sobre trochas fatigadas por estos otros. La tertulia y la risa ayudan a disipar la gripa. Y no falta quien dé un chance a bordo de una camioneta roja, caída del mismo cielo.

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