Por: Hugo Sabogal

Nolita, un déjà vu caraqueño

Pescados, pastas, risotto y carnes rojas forman parte del menú de este restaurante, encabezado por los chefs Ana Belén Myerston y Paul Lanois. Sabores de una de las cocinas más apetecidas en América Latina.

 Si usted es uno de los 25.000 venezolanos instalados en Colombia en los últimos cuatro años —especialmente en Bogotá—, decirle que el restaurante La Ventana, del Hotel Hilton Bogotá, instituido como un sitio semanal de encuentro para revivir las costumbres gastronómicas del vecino país, debe sonarle a un lugar común. El brunch de fin de semana allí no tiene nada que ver con mimosas ni con caviar, sino con las múltiples preparaciones de la arepa y otros platos típicos de Caracas y sus comarcas, que siempre adquieren un especial significado desde el exilio.

Más allá de revivir esta experiencia dominical, hay que decir que los venezolanos —y en especial los caraqueños— tienen muchas cosas que enseñarnos a los colombianos en materia gastronómica. Durante muchas décadas, Caracas fue uno de los principales destinos culinarios de la región. Sin embargo, ese liderazgo eclipsó con el realianeamiento político interno.

A diferencia de Perú, cuyas manifestaciones gastronómicas son numerosas, la presencia culinaria venezolana de alto nivel es escasa. La excepción es tal vez Nolita, un restaurante de alto nivel, creado y dirigido por venezolanos en Bogotá.

Nolita no viene de la nada. Como aval de su reciente éxito en Bogotá están Mokambo Café, Antigua Bistró y Madame Blac-Boutique Gastronómica, tres famosos locales del distrito de Las Mercedes, en Caracas.

Entre los socios figuran los chefs Ana Belén Myerston y Paul Lanois, dos apasionados de la cocina mediterránea, quienes en Caracas trabajan de manera independiente en Mokambo y Antigua, respectivamente. Pero en Nolita ambos comparten la autoría de los platos.

El nombre es una especie de calambur que hace referencia a uno de los distritos de moda de Manhattan. Su nombre significa "NOrth of Little ITAly".
Lleva, además, el apellido de Casa Cultural Gastronómica, para referirse a su exquisito cuidado con el diseño, muy en la onda de los años 50. En el hall de entrada hay estanterías de libros de arte y un mueble con conservas para la venta, hechas en casa.

Nolita está en capacidad de atender a 140 comensales (en mesas de distintos tamaños), sin incluir el área del lounge-bar. Los cuadros, los muebles, las lámparas y los objetos exhibidos recuerdan a Madame Blac-Boutique Gastronómica, otro proyecto del grupo, en Caracas. Allí se compra desde una torta, una ensalada o un magret de pato para llevar, hasta una alfombra o un sofá.

Algunas de las entradas de Nolita son el dip de espinacas y alcachofas, un original carpaccio de tomate o un delicado tartare de camarón rojo sobre un coulis de aguacate. También puede elegirse un steak tartare o los ceviches.

En materia de platos de fondo hay pescado, carne, pasta, risotto y un infaltable chupe de camarones. El linguini fruti di mare y los raviolis de alcachofas y queso en salsa de pomodoro son dos excelentes opciones de pasta. Otros dos platos que han suscitado interés las son un rissotto de champiñones en aceite de trufa y un risotto de lechón.

Para los carnívoros —que los colombianos lo son, dice Myerston— se ofrecen varios platos de carnes rojas, lo mismo que un cochinillo y un cordero estofado al horno. Es justo reconocer que más allá del brunch venezolano de los domingos en el Hilton Bogotá, Nolita es una muestra clásica de lo que la gastronomía venezolana puede lograr. Para quienes siempre nos hemos gozado la gastronomía caraqueña, este es un déjà vu infaltable.

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