Por: María Elvira Bonilla

Norma, un triste adiós

Una de las memorias más bellas que he leído son las de Carlos Barral.

Dos libros, Los años de penitencia, publicado por Alianza Tres, y Los años sin excusa, por Barral Editores, escritos a mediados de los años setenta, que recogen su experiencia vital y el oficio de editor. Son un homenaje a este bello oficio y al poder de una editorial cuando se propone forjar cultura, mover ideas, construir pensamiento. Desde su natal Barcelona, Carlos Barral posibilitó el nacimiento editorial del llamado boom latinoamericano y proyectar al mundo aquel momento único de producción en los años sesenta y setenta. Barral se embarcó en su aventura editorial con sus propios recursos familiares y en condiciones tan adversas, como el oscurantismo franquista, cuando las ideas eran perseguidas y la creación y el pensamiento libre estaban prohibidos. Con sus editoriales Seix Barral, Barral Editores y los premios Biblioteca Breve y Formentor, abrió compuertas sin propósito distinto al de contribuir a la difusión, traducida al castellano, de la creación literaria y humanística producida en otras lenguas y al descubrimiento de las mejor literatura del momento. La cosecha de Premios Nobel que ganaron sus autores, dan fe de su ojo de editor.

Esta reflexión la hago con nostalgia y algo de rebeldía frente a la agonía de un proyecto como el de editorial Norma. Un final que se veía venir de tiempo atrás. Hace un par de años, me encontré, en el concierto de conmemoración de los 30 años de la emisora de la Fundación Carvajal, al entonces recién nombrado presidente del Grupo Carvajal —propietario de Norma—, Ricardo Obregón, quien llegaba de presidir por años Bavaria, hasta su compra por SABMiller. Entonces trabajaba como editora de la colección de libros de no ficción de Norma y enfrentábamos a diario las dificultades de producir y vender libros en un país sin lectores, pero sólo el encuentro con Obregón me permitió dimensionar el tamaño de la crisis y la intención directiva que empezaba a cocinarse. No ocultó la encrucijada en que se encontraba. Los números no le daban, como dicen los gerentes, pero se sentía en la obligación, moral tal vez, de buscarle una salida distinta a la de clausurar 40 años de publicar libros de calidad, que habían colocado a Norma como la editorial latinoamericana por excelencia.

Los últimos hechos confirman que sucumbió en el empeño. Es difícil juzgar desde afuera, pero queda el amargo sabor de la derrota. Norma fue la editorial de Gabriel García Márquez, de Álvaro Mutis, de Andrés Caicedo y de la mejor literatura latinoamericana. Ahora quedará reducida a publicar libros infantiles, en especial los de la patente de Walt Disney que son el gran negocio.

Me duele doblemente esta realidad porque tengo un vínculo afectivo inocultable con Norma. A mi casa paterna en Cali llegaba cuanto libro se publicaba, especialmente durante los años dorados de la editorial, y fueron muchos los gratos descubrimientos intelectuales. La salida final resultó ser la más fácil y previsible, pero no la deseable. No se entiende por qué no se logró preservar el fondo editorial a través de una alianza o de su venta, con lo que se habría evitado la dolorosa diáspora de autores que se llevan la fuerza de su creación y de su pensamiento. ¡Una verdadera lástima!

 

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